Análisis

Una Catalunya mestiza, ¿por fin?

Tenemos problemas importantes de racismo y algunos episodios públicos solo son la punta de un iceberg silenciado

Es una buena noticia la politización creciente de jóvenes generaciones de migrantes o hijos de migrantes que sufren discriminación cotidiana

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Detalle de la protesta ’Black Lives Matter’.

Detalle de la protesta ’Black Lives Matter’. / MANU MITRU

Las manifestaciones antirracistas celebradas en varias ciudades de todo el Estado el domingo 7 de junio fueron las primeras ocupaciones de calle importantes en la fase de desescalada. Estas se organizaron siguiendo la ola internacional de protesta a raíz de la muerte por asfixia de George Floyd en manos de un policía en Minnesota. En ese caso el impacto ha sido tan importante que se han empezado a revisar protocolos policiales y, incluso, en algunos casos se trabaja para revertir el excesivo poder que han ido acumulando algunos cuerpos policiales, ya que facilita el corporativismo y la impunidad. En las protestas que se llevaron a cabo en nuestro país se denunciaba la violencia institucional ocurrida en EEUU. Pero también servía como momento cohesionador de colectivos y singularidades que viven y luchan contra la discriminación en nuestro entorno más inmediato. En Catalunya destacan las concentraciones en Barcelona o Salt que reunieron a miles de personas.

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Dos días después se hacía pública la grabación del homicidio del joven Iliass Tahiri en un centro de menores de Andalucía. Este hecho ocurrió el 1 de julio de 2019 (archivada la causa como "muerte violenta accidental") pero ahora llegan unas escalofriantes imágenes a la opinión pública que cuestionan la versión oficial. Las torturas y malos tratos con contenido racista (hasta llegar a provocar la muerte en los casos más extremos) no sólo suceden en la lejanía: SOS Racismo o la Coordinadora para la Prevención y Denuncia de la Tortura, por ejemplo, hace muchos años que lo denuncian. Poco después aparecía a la luz el audio del joven Wubi mediante el que se puede reconstruir un episodio de vejaciones, insultos y agresión policial que sucedió en Sant Feliu Sasserra (Barcelona) hace más de un año y medio, aún bajo investigación en el juzgado 5 de Manresa. A día de hoy, la única medida disciplinaria que se ha tomado desde la conselleria de Interior ha sido cambiar de destino a los policías implicados. Finalmente, no es menos importante la actuación este fin de semana de las autodenominadas "patrullas ciudadanas" en Premià y, sobre todo, la respuesta posterior por parte del alcalde minimizando y casi justificando los hechos ocurridos. Es evidente que tenemos importantes problemas de racismo y que algunos episodios públicos sólo son la punta de un iceberg silenciado.

Pero la novedad en estos días radica en un nuevo sujeto político que está naciendo, que no dejará pasar ni una. Y eso es una buena noticia. La politización creciente de jóvenes generaciones de migrantes o hijos de migrantes (muchas de ellas con itinerarios educativos y laborales realizados en el país) -que han sufrido y sufren discriminación cotidiana- empiezan a hacer visible y público lo escondido durante muchos años: la existencia de racismo social pero también institucional en nuestro país. No se trata de un movimiento de solidaridad (importante en la historia de los movimientos sociales locales y con un trabajo realizado muy loable, por cierto) sino que apunta hacia la construcción de política contenciosa a partir de la propia vivencia, realidad y perspectivas. Su capacidad y potencia para articular malestar y demandas permite convertir en problema público y político lo vivido en la privacidad, ser actores protagonistas en la construcción colectiva de nuestra ansiada Catalunya mestiza, que debe ser inclusiva o no será.