28 oct 2020

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Ideas

Una historia del fin del mundo

AP / PHOTO FILES

Una historia del fin del mundo

Mónica Vázquez

Lo cierto es que entonces, ahora y siempre, una historia bien contada, contextualizada y adornada con la premura de una emoción viva, aún puede cambiar el mundo

Una historia, bien contada, puede cambiar el mundo. Y si no que se lo digan a las buenas gentes de Nueva Jersey y Nueva York que en 1938, escuchando una versión de 'La guerra de los mundos' en la radio, adaptada a la geografía de la zona, huían despavoridas de las ciudades pensando que estaban sufriendo un ataque de los marcianos. Once años después, volvió a pasar lo mismo en Ecuador cuando una radio en Quito versionó la historia al formato de radio novela, localizando la acción en el entorno y ocasionando el pánico entre la gente, que abandonaba sus casas en busca de la protección de las montañas o Dios, amontonándose en las puertas de las iglesias.

'La guerra de los mundos' es una novela que fue originalmente escrita en 1898, por H. G. Wells, localizada en el entorno rural inglés, que consiguió cruzar fronteras y culturas, agarrándose a la emoción más universal de todas: el miedo, y el deseo imperioso de sobrevivir. En el mundo moderno, nos parece curioso y casi anecdótico, cómo aquella historia logró desdibujar los límites de la realidad y la ficción. Nos escudamos tras la idea de que, en aquel entonces, el mundo no disponía de la tecnología de la que disfrutamos ahora. Y aquellas personas que cayeron víctimas de la supuesta verosimilitud de invenciones vestidas de hechos construidos y narrados ad hoc, no éramos nosotros que, Internet en mano, somos capaces de discernir la verdad de la mentira, el cuento del hecho verificado.

Pero lo cierto es que entonces, ahora y siempre, una historia bien contada, contextualizada y adornada con la premura de una emoción viva, aún puede cambiar el mundo. Aún puede hacernos estremecer, cambiar de rumbo y convertirnos en personas diferentes, que toman decisiones distintas, y se convierten en protagonistas inconscientes de una aventura que les es dada, y apuran con ansia. Somos los mismos que fuimos entonces e Internet es, le pese a quien le pese, el mayor catalizador de realidades subjetivas, verdades a medias y mentiras maquilladas de posibilidad que nos seducen y subyugan. Y vamos de la mano, tuiteando, hacia esas montañas en busca de salvación, o mejores vista para el fin del mundo.