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Inés Arrimadas, en el Congreso

Inés Arrimadas, en el Congreso / AP / J. J. GUILLÉN

Ciudadanos se ha ido paulatinamente alejando de la foto de Colón, con PP y Vox, a la que le arrastró su dimisionario líder, Albert Rivera, y de la oposición radical a Pedro Sánchez, al que aquel le negó el pan y la sal. No ha debido ser fácil, porque el simple hecho de que hayan seguido apoyando las prórrogas del estado de alarma, cuando los populares de Pablo Casado se desentendieron de ellas, le ha valido críticas de los medios conservadores y ha hecho que algunos de los más radicales antisanchistas, Juan Carlos Girauta y Marcos de Quinto, entre ellos, hayan abandonado el partido. Un hecho que, por otra parte, beneficia a su presidenta, Inés Arrimadas, al salir de la dirección los más intransigentes.

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Tanto Arrimadas como el portavoz, Edmundo Bal, han dejado claro que su voto a favor de las prórrogas, del ingreso mínimo vital, del decreto de nueva normalidad y quién sabe si de los presupuestos generales, que ya serán los de 2021, no es un apoyo a Sánchez sino a medidas que consideran necesarias para “el bien de los españoles”. Una actitud que beneficia al Gobierno, que abre el abanico de acuerdos y se libera de depender siempre de un socio tan volátil como ERC, y pone en evidencia al PP, más próximo a las posiciones de Vox que a las del centro derecha que dice representar.

Ahora hay muchos que comentan cuan diferente habría sido la vida política tras las elecciones de abril de 2019 con un Cs centrado. Pero el factor humano es importante y Rivera prefirió unir su voz al coro de las tres derechas que pactar con Sánchez. Podrían haber formado un Gobierno sustentando en 180 escaños, contra el criterio, eso sí, de la militancia socialista que gritaba “con Rivera no”. O quizás su disposición a pactar podría haber acelerado un acuerdo PSOE/Podemos. En cualquier caso se habría evitado una repetición electoral, Cs no habría perdido 47 escaños y Vox tendría 24 y no 52.

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