11 ago 2020

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LA VIDA TRAS LA PANDEMIA

El monasterio de Montserrat el 5 de abril, Domingo de Ramos, completamente vacío por el estado de alarma.

AFP / JOSEP LAGO

El silencio y nosotros

Care Santos

Esta rara época que estamos viviendo nos ha traído también enseñanzas y ojalá la ausencia de ruido sea una de ellas

El fútbol ha vuelto en silencio. Sin animación en las gradas, ni insultos a los árbitros, ni apoyo de la afición (de momento). Los jugadores se lamentan y se entiende: el silencio de un estadio vacío debe de ser sobrecogedor. Pero no es más que una manifestación más de esta rara época que estamos viviendo y que ha traído también enseñanzas. Ojalá el silencio sea una de ellas.

En los primeros días del confinamiento, el silencio nos resultó tan insufrible que hubo quien se lanzó a hacer ruido. Músicos que salieron a tocar a los balcones, sopranos que regalaron arias a la audiencia vecinal o disyoqueis que pincharon en la terraza. En mi barrio, menos dado a estas delicadezas artísticas, una vecina organizó un bingo. Todas las tardes hacía su aparición con micro y altavoz en el balcón de su casa, y comenzaba a cantar números con una gracia que no parecía de mera aficionada: los dos patitos, la niña bonita, los civiles, las calabazas… Poco a poco iban cayendo desde el fondo de los patios vecinales las líneas, los bingos y las celebraciones, todo a voces y con redoble de ecos.

Era un fastidio, pero aquel estruendo binguero fue la excepción. El resto del día la quietud era la norma. Solo a las ocho de cada tarde había otra acumulación de decibelios cuando todos nos lanzábamos a aplaudir y algunos conductores marcaban el ritmo con los cláxones de sus coches. Cinco minutos más tarde, el silencio regresaba. Aunque solo el humano, claro, porque los pájaros se comportaban como suelen hacerlo cada primavera. Los hay que cantan de día y de noche, los hay lacónicos y parlanchines. Este año hemos aprendido a distinguirlos. Luego se unieron a ellos los grillos y la fiesta fue completa. Nunca había tenido ocasión de escucharla.

Experiencias de vida contemplativa

Para redundar en todo esto, en esos días silenciosos leí un libro magnífico del periodista de viajes inglés Patrick Leigh Fermor titulado 'Un temps per guardar silenci'. Se trata de la crónica de dos estancias en sendos monasterios europeos y de una visita a los monasterios de piedra de Capadocia. Su primera experiencia con la vida contemplativa tiene lugar en la benedictina abadía de Saint-Wandrille de Fontanelle, en Normandía. El escritor llega allí con la intención de trabajar en un libro, pero al principio solo consigue enfadarse. El retiro del mundo, el silencio absoluto y la austeridad de la vida monacal le desconcentran y le crispan los nervios. Pero poco a poco se va adaptando y va reconociendo los efectos sanadores de las mismas cosas que al principio encontraba insufribles, hasta el extremo que al salir de allí lo que le parece odioso es el mundo de siempre, con sus prisas y su vorágine. Cuando llega al segundo monasterio, el de Solesmes, es ya todo un experto en vida retirada, y aunque es una comunidad mucho más dura que la anterior, extrae enseñanzas y beneficios.

Entiendo bien a Leight. Hubo un tiempo en que pasaba semanas escribiendo en el también benedictino monasterio de Sant Benet de Montserrat. En mi celda había una cama estrecha, una mesa también estrecha, una silla y una ventana con vistas a un paisaje espléndido. La primera noche que dormí allí me la pasé preguntándome por qué se me había ocurrido aquella idea tan peregrina: alejarme de mi vida, de mi casa y de mi familia para irme a escribir a una comunidad de monjas de clausura. Pero apenas un par de días más tarde 'les benetes' ya se había convertido en el lugar donde más y con más calma he trabajado en toda mi vida, además de un remanso de alegría y tranquilidad donde la hospitalidad de las hermanas y el silencio circundante parecían querer ayudarme.

El silencio del monasterio de Sant Benet siempre me recordó a otro, también terapéutico, también añorado, que conocí hace mucho en un lugar llamado Isla del Sol, en el lado boliviano del lago Titikaka, un lugar sin agua corriente ni carreteras ni teléfonos donde me sentí más lejos que nunca en mi vida. Pasé allí una sola noche, escrutando la oscuridad, y nunca he olvidado la belleza y la quietud del amanecer sobre el lago. Hay lugares que conoces unas horas y te acompañan toda tu vida.

Dice Leight en su libro que la estancia en los monasterios le descubrieron su capacidad para la soledad, el recogimiento y la claridad de espíritu. Y añade que después de pasar un tiempo en esa soledad "se alcanza un estado de paz impensable en el mundo ordinario". Lo cual me lleva a concluir, ahora que el ruido vuelve y no parece que podamos remediarlo, que acaso deberíamos llevarnos mejor con el silencio.