13 ago 2020

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IDEAS

Rosa Maria Sardà, en abril del 2011.

JOAN CORTADELLAS

La señora Sorda

Josep Maria Pou

Con su sola presencia, Rosa Maria Sardà conseguía hacer mucho mejores a todos sus compañeros de reparto

Me quedo con la pena enorme de no haber podido coincidir nunca con Rosa en un escenario. Porque Rosa era, por encima de todo, un animal de teatro. Una fiera. Hubiera dado lo indecible por trabajar con La Sardà en cualquier proyecto teatral, pero no surgió. A cambio, este oficio me permitió rodar con ella hasta tres películas.

Una de las tres –'Amic Amat', de Ventura Pons– nos permitió viajar, los dos solos, al Festival de Cine de Santo Domingo. Los días pasados en aquellas tierras me dieron la oportunidad de acercarme a ella y conocerla mucho mejor. 

En lo personal era un ser libre. De los que hablan claro y sin tapujos. Sin más compromiso ni atadura que los que ella se imponía a sí misma. 

Una mujer de izquierdas. Fiel a unas ideas de progreso que defendió hasta el final. Dispuesta a encabezar cualquier inciativa social o laboral que considerara de justicia. Valiente. Líder.

En lo profesional, Rosa era extremadamente rigurosa. Muy exigente. Como debe ser. Eso hacía que al trabajar con ella procuraras tu también el máximo nivel en todo, no ya solo para estar a su altura, cosa difícil, sino como muestra de respeto a quien, sobrada de talento, llegaba al plató con tanto y tan buen trabajo hecho. Y así, como sin proponérselo, con su sola presencia, Rosa conseguía hacer mucho mejores a todos sus compañeros de reparto. 
Confieso que me imponía. Frente a ella me sentía examinado, juzgado, desafiado.

Y su aprobación tras el 'chack' de la claqueta final o al encontrarnos a la salida del teatro después de que acudiera a ver cualquiera de mis trabajos –no hacía falta hablar, bastaba una mirada cómplice, un ligero gesto de cabeza– eran el mejor aliciente para seguir buscando, con ella, la excelencia.  
Ahora quiero recordarla en un momento divertido. Llegados a Santo Domingo, en el viaje que hicimos juntos, nos acercamos a la aduana y presentamos nuestros pasaportes.

Después de examinar detenidamente el de Rosa, el funcionario le preguntó: «¿Es usted la señora Sorda?». Rosa y yo nos miramos, sin entender.
El aduanero (que al leer el apellido confundía la primera a con una o y le importaba un pito el acento de la segunda á)  insistió: «¿Es usted Rosa Maria Sorda?». Rosa, rápida, ágil, intutitiva,  preguntó, a su vez, acercando el oído al mostrador: «¿¿¿Cómo dice???».

El funcionario inquirió de nuevo, ahora ya a voz en grito: «¿Qué si es usted Rosa Maria Sorda?». Y Rosa, seria, muy seria, contestó: «Sí, claro. Sorda. Es evidente, ¿no?», mientras yo me retorcía por el suelo presa de un ataque de risa.

Durante aquellos días del Caribe, Rosa se presentó siempre, en todas partes, como «la señora Sorda». Y a ella la divertía que, ya de nuevo en Barcelona, yo siguiera llamándola así en todos nuestros encuentros.

A la Sorda entrañable le deseo que su viaje de ahora esté tan lleno de risas como el de entonces. 

Y para la Sardà genial, mi reverencia, mi admiración, mi respeto, mi cariño y mi agradecimiento por tanto y tanto.