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La Sardà

Como un puñetazo en los ojos, como si lo hubiese olvidado, redescubrí de golpe que Rosa era una grandiosa actriz sin nada que envidiar a las más corajudas del continente

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Rosa Maria Sardà en una imagen de los años 80.

Rosa Maria Sardà en una imagen de los años 80.

Conocí a Rosa Maria Sardà en 1978. Terenci Moix y Josep Maria Benet i Jornet acababan de escribir casi al alimón 'Quan la ràdio parlava de Franco' que debía dirigir Lluís Pasqual, y, al desdecirse, me ofrecieron hacerme cargo del proyecto para el Romea. Yo tenía 23 años y estaba literalmente acojonado de enfrentarme a consumados profesionales como Sardà, Àngels Moll, Enric Majó, Pep Torrents…

Rosa, huérfana temprana que tuvo que hacerse cargo de la casa, siempre me trató como a uno más de sus hermanos, protegiéndome de mi falta de experiencia y ayudándome en las decisiones. Más de una vez, ante un café, también me tocó salvarla de lo más frágil de sí misma: no podía más, quería dejar los ensayos, nada tenía sentido… 

Una madrugada, después de la función y en la coctelería Joanot, a dos pasos de Tuset Street, le expliqué que estaba trabajando en una adaptación para el teatro de 'La plaça del Diamant', de Mercè Rodoreda; ella dejó la copa sobre la mesa, me cogió de la mano, y, con una mirada que aún no he olvidado, me advirtió: “No te confundas: Colometa soy yo”.

Fueron pasando los años, y ella, mujer de carácter, fue convirtiéndose en figura imprescindible de la televisión, el teatro y el cine catalán y español llegando a conquistar la condición de 'chica Almodóvar'; y, de la mano de Lluís Pasqual, penetró en nuevos territorios escénicos. Contraria a las formas y contenido del 'procés', antes y después de devolver la Creu de Sant Jordi como una amante despechada, me llamó en más de una ocasión para decir que leía mis artículos.

Un sábado del muy reciente confinamiento puse la tele después de comer, y ahí estaba la Sardà interpretando 'Any de Gràcia', película del 2011 de su buen amigo Ventura Pons.  Y como un puñetazo en los ojos, como si lo hubiese olvidado, redescubrí de golpe que Rosa era una grandiosa actriz sin nada que envidiar a las más corajudas del continente: Anna Magnani, Irene Papas, Núria Espert…

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'Any de Gràcia' iba de una viuda del homónimo barrio barcelonés, menos vieja y enferma de cómo decía sentirse, que tiene en casa a Oriol Pla como cuidador y chico de la limpieza, a quien Sardà no para de abroncar por el solo hecho ser joven y no hacer las cosas como siempre se han hecho. Hasta que un buen día Oriol la invita a salir de copas con sus amigos ...

Y pensé que, a pesar de no ser joven como Oriol, me gustaría volver a ir de copas con la Sardà, para volver a estar cerca de ella. Y que tal vez la llamaría recién superada la pandemia para volverle a proponer aquella Colometa de la que hablamos hace casi medio siglo en Joanot.

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Joan Ollé