08 jul 2020

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IDEAS

Un aspecto de la tienda de discos Revólver. 

FOTO RICARD CUGAT

Vuelta al tambor de Revólver

Miqui Otero

Olía como siempre, tan bien: a bombilla fundida y plástico negro, aunque ahora también un poco a gel hidroalcohólico

Cuando por fin volví a entrar en la tienda de discos, sonaba la canción 'Mi novia es una zombi'. Humanos con mascarilla escrutaban las cubetas asintiendo en cuclillas. Es nuestra gimnasia sueca: muchos, como yo, se ejercitaron más en una hora ahí que en tres meses de confinamiento. Olía como siempre, tan bien: a bombilla fundida y plástico negro, aunque ahora también un poco a gel hidroalcohólico. Claro, lo mismo sucede cuando entrasen casa después de un viaje largo.

Porque yo nunca había estado tanto tiempo sin pisar Revólver y el resto de tiendas de discos de la calle Tallers. De hecho, estuve allí antes de pisarlas: mi padre daba clases de tercero de EGB a los hijos de los dueños de Castelló, así que en Navidad o justo antes de verano me dejaban elegir discos, regalo de cortesía para el profesor y para su hijo, aún un niño: Luis Cobos y baladas italianas, la banda sonora de David el Gnomo y los Beatles. Así que, digamos, estaba enganchado a las tiendas de discos incluso antes de empezar a frecuentarlas regularmente ya en la adolescencia, cuando esa pequeña calle era un fanzine abierto lleno de secretos y pistas.

Durante la cuarentena, se ha hablado mucho de las librerías y otros pequeños comercios y bastante menos de estas tiendas, koalas en extinción. Y, sin embargo, están en peligro. Siempre, como una antorcha de fuego vestal, suena una canción en ellas (siempre un redoble, ahora un grito) y solo sufrí así por su continuidad después del atentado en las Ramblas. Una de sus dependientas me confesó que aquel día apagó la música y puso las noticias en una radio: repartían agua en vasitos de plástico o en esas tazas de grupos que venden en caja. No sonaba ningún estribillo y eso suena siempre a derrota. Fue como pinchar una burbuja. Como cuando dos niños se pelean o juegan y de repente entran los padres con su mirada y problemas adultos y hay que dejar de jugar o de pelear y de repente hasta jugar o pelear parece absurdo. Cosa de niños.

Uno echaba de menos esos templos de gente asintiendo con la música, de bolsas de plástico entre las rodillas y gafas de puente torcido en caras concentradas, de esa complicidad muda y de charlas interminables sobre detalles bizantinos (¿son mejores los Beat ingleses o los americanos?). También añoraba todo el ritual del adicto, que achaco a aquellas primeras dosis gratuitas en la infancia: en Revólver sé que me he pasado comprando si al pagar me regalan bolsa de tela (casi suplico por no merecer el obsequio). Luego, sin demora, ya en la puerta, me dedico a arañar los precios de las portadas para sentirme menos mal por el gasto. Paro a tomar la cerveza en la terraza del Castells, por ejemplo, y coloco sobre la mesa de zinc las portadas y entorno los ojos comosi estuvieras en la National Gallery. Y el camino a casa a pie, anticipando melodías silbadas que aún no he escuchado, hasta que, al fin, las escucho en casa. En mi otra casa, claro.

La tienda de discos, casi siempre amenazada, ha sido escenario romantizado de novelas como 'Alta fidelidad', de Nick Hornby, o 'Telegraph Avenue', de Michael Chabon. También de películas como 'Empire Record's, esa que acaba con la muchachada bailando en la azotea la canción 'This is the day', de The The: “Descorres la cortina / y el sol incendia tus ojos / este es el día / tu vida va a cambiar / este es el día / cuando las cosas se ponen en su sitio”. Y ese, el viernes pasado, fue el día: sonaba 'Mi novia es una zombi', olía como siempre, sonreía yo, aunque la mascarilla tapara mi gesto, como nunca.

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