14 ago 2020

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IDEAS

Ana Oramas, en el Congreso, tras anunciar su voto negativo a Pedro Sánchez

PIERRE-PHILIPPE MARCOU AFP

La vacuna del voto

Josep Maria Pou

Como a Ana Oramas, la diputada canaria, a mi también me dan ganas de llorar y se me cae la cara de vergüenza

La mañana del domingo gris invita al recogimiento. Tantos días soñando con la vuelta al aire libre y basta un cielo encapotado y una mínima lluvia intermitente para dejarte en casa, inmóvil, de pie junto a la vidriera, con la mirada perdida y el pensamiento en suspenso. 

Es fácil concentrar la mirada en un punto, colgarla del infinito, no ver ni mirar. Más difícil resulta embridar el pensamiento. El pensamiento es un pegaso en el aire que corre a su capricho, que hace y deshace a su antojo, que se pasa por el forro los dos metros de distancia y vuela lejos para volver con las alas colmadas de voces y sensaciones, tan estridentes las unas, tan imprecisas las otras, que no te queda más remedio que salir del ensimismamiento y ocuparte en tirar del hilo que deshace el ovillo.  

Este hilo me lleva a lo sucedido en el Congreso de los Diputados las dos últimas semanas. Despreciable espectáculo el de algunos diputados no todos, hay que decirlo; todavía queda gente sensata en la bancada- babeando odio y acercando la mecha a los depósitos de la ira.

Como a Ana Oramas, la diputada canaria, a mi también me dan ganas de llorar y se me cae la cara de vergüenza. De vergüenza ajena, por supuesto. Ha sido tanto el grito y la saña que las gotas de ese virus superaron la distancia de transmisión del covid-19 y llegaron, alto y lejos, al mismísimo Senado para encontrar allí otras células hermanas dispuestas al contagio.

Con todo, un rayo de luz: siendo triste esa pandemia (la del veneno y el odio), consuela saber que, al menos para ella, sí tenemos ya una vacuna. Se llama voto. Basta un voto responsable para desinfectar escaños y sanear hemiciclos. 

El hilo del que sigo tirando me lleva ahora a YouTube, donde esta semana he visto a otros políticos, otros parlamentos, otros escaños y otras peloteras. Pero allí, en general, la gresca era más noble, los discursos más intelectuales, las ideas bastante más sabias y los vocablos de más altura poética.

Era ficción, por supuesto. Eran dos estupendas obras de teatro, 'The House', de James Graham, y 'Coriolanus', de William Shakespare. Era cultura con mayúsculas. Y eran dos rosas entre tanta mierda (con perdón).