05 ago 2020

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Tensión social en Estados Unidos

El expresidente Obama, en una imagen de archivo.

REUTERS

¿Fracasó Obama?

Ramón Lobo

El exlíder demócrata ejerció una presidencia histórica que no dejó casi nada para la historia, ni siquiera su programa estrella: el 'Obamacare'

Barack Obama recibió el Premio Nobel de la Paz en octubre del 2009, cuando apenas llevaba diez meses en el cargo. ¿Cuáles eran sus méritos? ¿Ser el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca? ¿La ola de entusiasmo del “Yes we can” que recorrió el mundo tras los plomizos años de George Bush y las conmociones de los atentados del 11-S y de las guerras de Afganistán e Irak? ¿Nuestra necesidad de esperanza? Fue una presidencia histórica que no dejó casi nada para la historia. Ni siquiera su programa estrella, el 'Obamacare', un acuerdo de mínimos muy alejado de la sanidad pública universal europea, ha logrado sobrevivirle. Sus ocho años tampoco sirvieron para mitigar el racismo institucional y sistémico en EEUU, un problema que afecta a la policía y a la sociedad.

El año de su elección, noviembre del 2008, estuvo acompañado por un tsunami demócrata en la Cámara de Representantes y Senado que le dio el dominio del legislativo. En la Cámara Alta alcanzó la súper mayoría (60 senadores de 100), una ilusión porque en los seis años restantes tuvo enfrente un Congreso dominado por los republicanos, instalados en la beligerancia. Esos dos primeros años fueron su única ventana de oportunidad para sacar adelante su programa. Obama optó por la negociación para lograr que los cambios fuesen duraderos. En el caso de la sanidad, tuvo enfrente a los republicanos, a los ricos y a la industria del sector, una mezcolanza de aseguradoras, hospitales y médicos que han convertido la sanidad en un negocio privado. Es el modelo que el PP quería traer a España antes de la pandemia.

La resistencia a Obama era una cuestión de piel, no tanto política. Se le discutió la autenticidad de su partida de nacimiento. Se le consideraba un impostor. Era el rechazo a que un negro se sentara en el Despacho Oval. Fue una campaña dirigida desde Fox News y radios incendiarias como la de Rush Limbaugh. Fue la base de la agitación ideológica que aunó la extrema derecha supremacista que hoy gobierna el país.

Su gran aportación

Obama no fue un presidente de la paz. Multiplicó por diez los ataques con drones respecto a la presidencia de Bush. Retiró las tropas de Irak, que resultó un error por el momento elegido, sin terminar de rematar el antecedente de lo que sería después el ISIS, y no salió de Afganistán. Alentó la creación del Ejército Libre de Siria pero no lo dotó de medios militares capaces de derrocar a Basar el Asad. En agosto del 2013 se produjo un ataque químico en Guta, a las afueras de Damasco. Todo apuntaba al régimen. Obama había declarado que el uso de armas químicas contra la población civil era una raya roja. Si no atacó fue porque hubiera favorecido a Al Qaeda y al ISIS. Rusia le sacó del embrollo con un pacto para destruir las armas químicas. Tardó en averiguar que sus aliados circunstanciales eran Rusia, Hezbolá e Irán.

Su gran aportación estratégica fue el acercamiento a Teherán, el pacto nuclear trenzado con ayuda de los otros cuatro países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad además de Alemania. Algo que irritó a Arabia Saudí y a Israel. Con Trump volvió la “vieja normalidad”. El actual presidente está obsesionado con desobamanizar toda política de EEUU.

El matonismo de Trump

A pesar de las desilusiones, Obama representa un cambio fundamental. Necesitaremos 20 años o más para verlo. Sus dos mandatos en la Casa Blanca representan una poderosa imagen de meritocracia, de que con talento, suerte y esfuerzo es posible romper los candados de la raza y la pobreza. Millones de niños negros e hispanos desfavorecidos habrán sentido por primera vez la esperanza del “sí, se puede”. Aunque solo una minoría alcance sus objetivos, habrá una presencia creciente de jóvenes de color en las universidades y empresas. También tendrá efecto, esta vez negativo, la presidencia de Trump, aunque se limite a cuatro años. Proyecta valores incompatibles con la democracia y la moral, sea laica o religiosa: el matonismo, la mentira, el desprecio por los que sufren.

Aunque Joe Biden (78 años) no supone una revolución, es un producto de una élite corrupta que no entiende el cambio en EEUU, es, al menos, un respiro. Un espacio de silencio para resetear valores. La clave será su vicepresidenta: necesita alguien que sepa quiénes son los buenos y quiénes los malos, aunque se vistan de uniforme. Apunten dos nombres: Kamala Harris y Stacey Abrams. Será una mujer de color, fuerte, conocida y joven, capaz de ejercer la presidencia en caso de problemas. A pesar de todo, sean pesimistas; es más seguro.