08 jul 2020

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CON LA HERIDA AÚN ABIERTA

Petr Brandejsky, un superviviente del Holocausto de 90 años, lee un libro en su vivienda durante el confinamiento, en Praga el 24 de abril. 

REUTERS / DAVID W. CERNY

Estamos hechos de tiempo

Silvia Cruz Lapeña

El cuerpo nos recuerda la cadencia interior, única en cada uno. Un ritmo que asusta más que cualquier virus porque no hace caso a medidas higiénicas

En 'You remember the planes' ('Recuerdas los aviones'), Paul Auster cuenta una historia ambientada en la epidemia de polio que en los años 50 obligó a separar a miles de niños de sus familias para evitar el contagio. Entre el dolor y la impotencia, se coló el odio y a las piernas infantiles paralizadas de por vida y a los ataúdes blancos se sumó la xenofobia, solo comparable en velocidad y esencia a sus iguales: virus, bacterias y bulos. En medio de esa maraña, el protagonista toma conciencia de que es judío, pues uno averigua quién es de veras cuando se aterra.

El coronavirus ha confirmado lo que somos como conjunto: vulnerables y llorones, por más que en público parezcamos lectores exquisitos, melómanos o robots con una respuesta siempre a mano. Pero ¿quién es usted? ¿Lo recuerda? ¿Dónde iba cuando la vida se detuvo como solo se para el tiempo en las películas? ¿Cuándo pensaba despedirse del trabajo que detesta y en el que ahora probablemente le acaben dando puerta sin consultarle? ¿Cuándo el divorcio, el "fuguémonos" u otro hijo?

"Lee", nos han ordenado durante este encierro y por eso algunos se han dicho "escribe" con el mismo ardor imperativo y así, desde la primera quincena de pandemia, disponemos de libros hechos al minuto sobre el tema. Unos los redactan y otros los publican obviando ambas partes que escribir con una herida abierta –o peor, aún abriéndose– tiene poco sentido, pues el arte no cura, solo recuerda.

"El miedo nos castra. El miedo nos degrada. Contribuir a reducir el miedo, esa es tu tarea y la mía", escribió Philip Roth en 'Némesis', novela ubicada en la misma epidemia de la que habló Auster. En ella incide en la expansión del odio: contra chinos, italianos o puestos de comida rápida. "Es como si todo se viniera abajo", dice el narrador convirtiendo un libro sobre una pandemia de hace más de medio siglo en un relato más pertinente que las canciones hechas ad hoc para el virus de hoy.

También Ida Lupino escogió ese tema para dirigir su primera película, 'Los jóvenes amantes', donde explica su propia historia, la de una bailarina diagnosticada de polio que debe parar en seco su carrera para curarse. Lupino capta bien la interrupción del tiempo, esa que usted ha sentido en su empleo, su economía, su dispensador de papel higiénico y su historia de amor. Pero la cinta pasó desapercibida, quizá porque se rodó y se estrenó en 1950, una fecha demasiado próxima a la herida que explicaba.

Siempre hay que sospechar de quien corre mucho. Hay velocidades que solo se explican para huir de un incendio, de un grito o de una mano alzada. O para buscar la fama. No era el caso de Lupino, que contando su experiencia quería concienciar a sus compatriotas de la necesidad de la prevención, pedir a las autoridades que buscaran remedios y enviar un mensaje de esperanza. De ahí su urgencia, sustantivo que es mejor dejar en manos de médicos y periodistas, no de artistas, como demuestra su caso si lo comparamos con los de Auster y Roth. Con el mismo material, ella explicó la enfermedad, y ellos dos, la cicatriz. La primera escuece, pero la segunda pica cada vez que el cielo se encapota y por eso alivian y sirven siempre: porque resuenan.

Recuperar el compás interior

Para combatir el miedo es preciso tomarse un tiempo. Pero no un tiempo como el de hoy, aún detenido, sino el tiempo en su esplendor. Y usarlo para recuperar el ritmo, no el de antes, ni el de la calle o el dinero: el interior. Hurgando ahí se encuentran palabras que sepultaron la prisa y las comodidades. Sin ese compás, que es latido y es conciencia, solo nacen novelas muertas, teorías de baratillo y relatos de vidas narradas al instante por seres irrelevantes: usted, yo, todos. Si se fija, verá que todo lo publicado, casi sin excepción, no son más que fotos de carnet, reveladas en el acto, tan pequeñas que solo cabe en ellas una cara.

Estamos hechos de tiempo, no de miedo. Si el ser humano tararea, tamborilea los dedos y golpea con los pies el suelo no es porque tenga prisa, pues lo hace desde antes del capitalismo; en la salud y en la enfermedad y antes, mucho antes, de que se hablara de estrés. Es la forma con la que el cuerpo nos recuerda la cadencia interior, única en cada uno. Un ritmo que asusta más que cualquier virus porque no hace caso a medidas higiénicas, ni se rige por decretos ni costumbres. Solo el miedo lo silencia y lo convierte en otro ritmo, uno igual para todos, monocorde, frenético, y absurdo, que todo lo ocupa y todo lo pudre: casa, corazón, nevera y librerías.