27 oct 2020

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análisis

Donald Trump.

AFP / ERIC BARADAT

El declive americano en Oriente Próximo

Ignacio Álvarez-Ossorio

Como en otros ámbitos de su actuación, la política exterior de Trump en Oriente Próximo y el Norte de África se caracteriza por la improvisación y el oportunismo, lo que lejos de favorecer la estabilidad de la región la ha perjudicado

Estados Unidos está atravesando una tormenta perfecta. Es, por deméritos propios, el país más afectado del mundo por la pandemia del covid-19, con cerca de dos millones de contagios y más de 106.000 muertos, a una gran distancia de algunos de sus principales rivales en la escena internacional como China y Rusia. A la crisis económica que se cierne sobre el país debe añadirse la oleada de protestas provocada por el asesinato de George Floyd en Mineápolis, que se han extendido por buena parte del territorio. Como suele ser habitual, Donald Trump ha intentado apagar el fuego con gasolina, lo que en lugar de apaciguar la crisis ha contribuido a agravarla.

También en Oriente Próximo y el Norte de África, la Administración Trump está retrocediendo posiciones a marchas forzadas. Barack Obama ya dejó claro, durante su presidencia, su intención de replegarse del mundo árabe y focalizar su atención en el sudeste asiático para tratar de frenar a China. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, esta tendencia se ha agudizado con la progresiva salida de Irak y Afganistán. Este movimiento responde tanto a las inercias aislacionistas de la actual administración como al reconocimiento explícito de que Estados Unidos ha perdido mucho más de lo que ha ganado con sus intervenciones militares en la región.

Estabilidad de la región

Como en otros ámbitos de su actuación, la política exterior de Trump en Oriente Próximo y el Norte de África se caracteriza por la improvisación y el oportunismo, lo que lejos de favorecer la estabilidad de la región la ha perjudicado. Si bien Trump ha mantenido cierta continuidad en las prioridades de la política exterior estadounidense hacia la zona, sobre todo en el respaldo a Israel, la alianza con Arabia Saudí y la hostilidad hacia Irán, también resulta evidente que estas filias y fobias se han intensificado. Trump ha apoyado las políticas anexionistas de Israel y abandonado a su suerte a los palestinos. También ha defendido, a capa y espada, las políticas intervencionistas de Arabia Saudí y su desastrosa campaña en Yemen o el contraproducente bloqueo de Qatar. Por último, ha roto el acuerdo nuclear con Irán y restablecido las sanciones, lo que ha exacerbado las rivalidades regionales y disparado la conflictividad.

En lugar de fortalecerlo, todas estas políticas han debilitado a Estados Unidos, que desde la segunda guerra mundial era la potencia dominante en la región. Este lento, pero progresivo declive ha creado un vacío que aspira a ser llenado por algunos actores internacionales. China ha irrumpido en la zona no sólo con el objeto de garantizar el suministro energético, sino también para penetrar comercialmente de la mano de su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda. Rusia, por su parte, ha aprovechado los errores de Trump para poner un pie en Oriente Próximo, con su intervención en Siria, y otro en el Norte de África, con su entrada en la contienda libia. Ha conseguido, por lo tanto, retornar a un escenario geopolítico clave que había abandonado tras el desmoronamiento de la Unión Soviética.