11 jul 2020

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IDEAS

La ilustración de Pilarín Bayés.

Pilarín y Prometeo

Miqui Otero

A menudo yo he sospechado que no es que ilustrara qué es Catalunya, sino que Catalunya era lo que ella ilustraba

Fue ver la viñeta y morderme los carrillos por dentro para despertar de la pesadilla: ¿Pilarín Bayés dibujando a un negro nazi? Y casi igual de improbable: ¿la ilustradora de nuestra cándida infancia entregándose al humor más extremo? 

En el dibujo, publicado por la artista en su Instagram, un atleta de raza negra hace el saludo romano desde lo alto de un podio vistiendo una camiseta con el logotipo de las SS en la pechera. Encima, sonríe. El desmentido llegó pronto: en realidad, el símbolo era un 44 y la intención de Bayés era poner su granito de arena en la repulsa del racismo contra los afroamericanos. El mundo, sin embargo, nos miraba y criticó duramente la viñeta.

Es seguro que la obra pretendía ser un guiño a otras imágenes icónicas, como la de México 68, pero el dibujo del personaje no ayudaba: se acercaba sospechosamente a 'Tintín en el Congo', replicando clichés raciales. El parecido era involuntario, como lo es determinado humor, y la viñeta, más que de Pilarín, parecía la que se habría publicado en un Cavall Fort comprado por un Mel Brooks que hubiera encargado a los preclaros Roger Pelàez y Valero Sanmartí el primer (y quizás último) gag de la nueva etapa. 

El primer 'shock' fue grande. Yo mismo me planteé plantarme en casa de mis padres para revisar en clave ideológica todos esos libros infantiles dedicados por Pilarín Bayés que recibí como trofeos (siempre fue muy maja en las entregas) en el periodo más victorioso de mi vida: cuando ganaba más Jocs Florals escolares que el Madrid Champions, incluso jugando o escribiendo mal. Evidentemente, Pilarín no era culpable del Caso Viñeta, pero aun así me dio por pensar en ella y en lo que significaba.

De familia renombrada y conservadoras convicciones democristianas, Pilarín fue esa figura amable que dibujó toda nuestra infancia, si miramos como niños, o el pujolismo, si pensamos como adultos. Ilustró la historia de Unió Democràtica de Catalunya, el partido donde militó durante tanto tiempo, la del movimiento escolta, clásicos como 'El zoo d’en Pitus' y hasta la Biblia. A menudo yo he sospechado que no es que ilustrara qué es Catalunya, sino que Catalunya era lo que ella ilustraba. Es decir, que sus dibujos se volvían realidad. Que Catalunya no era su modelo, sino su obra. Por ejemplo, fijaos en los rasgos de Duran i Lleida: cuando se le arrebolan un pelín las mejillas, ES un personaje de Bayés. Mirado así resulta inofensivo hasta desayunando en la suite del Palace o aporreando una batería como si fuera un niño puesto de katovit en la Noche de Reyes. Todo parece aceptable e ingenuo si se mira con esas gafas.

Relato oficial

En un acto de 2017, ya un tanto desmarcada de su partido y enrolada en las listas de Junts per Catalunya, Bayés explicó la ruta hacia la Independencia, planteando a un diablillo que era España y a una virtuosa y próspera, y espiritualmente pura, lozana pubilla que era la nueva República. No es que simplificara el relato oficial, sino que simplemente lo reproducía o, siguiendo la idea más suspicaz, lo generaba. Quien asentía no era una escuela primaria en la diada dels Jocs Florals, sino una platea en un acto político adulto y en un momento crucial.

Dice la mitología clásica que Prometeo moldeó con arcilla primigenia de Gea y un escupitajo de Zeus un montón de figuritas que, gracias a un soplo de Atenea, se convertirían en los seres humanos. Los pintó blancos, negros y amarillos, pero también violeta chillón y verde pistacho y azul eléctrico y de otros muchos colores. Por lo visto, Zeus llegó atolondrado a su taller dando patadas de emoción ante sus nuevos juguetes y rompió la gran mayoría. Solo quedaron los de algunos colores. Suerte que no se cargó más o aún seríamos más simples y aburridos.

Los mitos clásicos sirven para entender nuestro mundo simplificándolo. Y cada sociedad que se cree adulta renueva sus mitos (el escupitajo de Zeus puede ser la característica tos de carraspera de un retaco moral y el artesano divino, una ilustradora infantil) y procede, con fe aniñada y entusiasmo adolescente, a veces con y otras sin razón, sin malicia o con delirio, a creer en ellos.