04 jul 2020

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IDEAS

Barcelona vista desde el emplazamiento de las antiguas baterías antiaéreas republicanas del Turó de la Rovira, en el Carmel.

CARLOS MONTAÑÉS

La destrucción de los ideales

Xavier Bru de Sala

Barcelona no tiene poder porque se concentra, progresivamente, en pocas y cada vez más alejadas manos

Hay una diferencia fundamental entre los principios y los ideales, y es que los ideales no pueden tomar forma si no son comunitarios. Una persona puede tener principios, aunque se le vayan volviendo laxos sin advertirlo. Ahora bien, los ideales o bien son colectivos o no pasan de vagas delicuescencias de individual felicidad.

Aunque también hay una conexión entre ambos, y es que ningún ideal puede subsistir sin representar unos principios compartidos por el grupo humano que los impulsa.

La «ciudad de ideales que queríamos construir» de Màrius Torres no fue derruida por el «brazo potente de las furias» del fascismo europeo.
En cualquier caso resucitó en los años cincuenta y sesenta y tomó un potente e insospechado empuje en los setenta.

Pues bien, entre tantos lóbregos certificados de defunción como ha extendido el covid-19, se cuenta, enterrado también en el anonimato, casi en secreto, el de los ideales, aquellos y cualquier otro.

De modo que nos hemos convertido en supervivientes, en pragmáticos servidores del interés inmediato al servicio de los aduladores del eterno becerro de oro. En consecuencia, los que aún quisieran empujar en alguna dirección transformadora se dividen entre dos categorías: o fingidores o impotentes.

Agotado el impulso, queda solo, alicaída, inútil, la mayor o menor lucidez analítica.

No, Barcelona no tiene poder. Y no solo no lo tiene porque ha dejado de encarnar el espíritu catalán (Joan Maragall), y tanto da que no fuera así, porque como mucho subsisten filamentos fantasmagóricos, no lo tiene porque el poder se concentra progresivamente en pocas y cada vez más alejadas manos.

No tiene poder porque la sumisión subsiguiente a la prédica de la insumisión ha malogrado la luz que había tenido en el esplendor de hace más de un siglo, del que ya no estamos autorizados, si tenemos principios, no ideales, a vivir ni a obtener ningún tipo de rédito.

Quien quiera averiguar las razones, que se fije en la incansable labor de zapa operada por el miedo inconsciente de quienes, aunque tengan poco para perder, renuncian a lo mucho por ganar.