14 jul 2020

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Análisis

Pedro Sánchez, en el Congreso, en abril.

POOL / ANDRÉS BALLESTEROS

El virus y la estabilidad

Xavier Bru de Sala

El carrusel de la política rueda desbocado. El día que aflojen, descubriremos que están todos allí mismo, un poco mareados pero donde estaban antes de la pandemia

Como en la presente situación de tanta gravedad es del todo imposible esperar de los políticos que recuerden las ventajas del consenso, como mínimo podrían embridar un poco -no diremos refrenar y menos aún aparcar- sus ansias por ampliar o no perder sus parcelas de poder. Hasta que en efecto empecemos a salir del túnel, la prioridad ciudadana es acomodarse a la nueva normalidad. Después ya haremos balance, pasaremos cuentas y luego acudiremos mansamente a llenar tantas urnas como convenga, que con la tanda que llevábamos los últimos años ya no vendrá de un palmo.

Al contrario de lo que dictarían la lógica y la moderación exigidas por las circunstancias, la actividad se acelera. El carrusel de la política rueda desbocado. Si antes del virus las alianzas debían ser estables, el socio confiar en el socio y los pactos medio cumplirse, ahora resulta que los valores esenciales se han convertido en calcetines vueltos y agujereados. Si antes había terminado la legislatura catalana ahora resulta que ya no. Montados en sus caballitos, todos se persiguen pero nunca se atrapan. Solo circunvalaciones, ningún rumbo, objetivo u hoja de ruta de la clase que sea. El día que aflojen, descubriremos que están todos allí mismo, un poco mareados pero donde estaban antes de la pandemia.

Ahora bien, una cosa es jugar con irresponsabilidad y otra muy diferente jugársela de verdad. Aunque no lo confiesen, los alegres privilegiados de los caballitos sienten vértigo electoral. Ya que la inestabilidad propiciada por Sánchez le puede costar verse descabalgado por la desconfianza galopante de sus posibles socios, no hay duda de que se dedicará a reconfortarlos. A pesar de las supuestas buenas perspectivas, la camisa de Pablo Casado no le llega a la piel por si Vox le propina estocada. Pablo Iglesias lleva la suya pegada al culo de la silla, por eso aguantará tantas humillaciones como convenga, porque de lo contrario saldrá disparado del corcel del poder, ni que el suyo sea de feria. El problema son los otros socios, la imprevisibilidad total sobre la composición de las mayorías y sus costes. De beneficios, claro, mejor no hablar.

Por parte catalana, Puigdemont teme que los dardos de traición ‘botiflera’ lanzados contra Esquerra no basten para proporcionarle nueva victoria, y ya será mucho si el radicalismo verbal de Torra, que ningún hecho acompaña sino al revés, no desvíe por un lado votos posconvergentes moderados a los nuevos espacios de soberanismo centrista y por el otro votos hartos de tanto latón hacia el párking del radicalismo impertérrito. La cadena de temores da la vuelta entera a los caballitos, por lo que es el vértigo, no el sentido de Estado ni la responsabilidad ante la excepción, lo que mantiene la estabilidad, aunque sea de manera indirecta y paradójica. Por eso, y por mucho que peroren, perduran un par de consensos básicos subyacentes: que el statu quo se mantenga, tanto en Madrid como en Catalunya, y que la independencia vaya para largo. Mientras tanto, que el carrusel no deje de girar. Y ya sería mucho si a una velocidad menos alocada.