26 may 2020

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Tiempos de pandemia

Una pareja pasea con su hija por una calle de València, todos con pantallas protectoras.

MIGUEL LORENZO

Un virus liante

Josep Cuní

En torno al «bichito», que diría un inefable e histórico ministro de Sanidad, cada día se reúnen más personajes como los futbolistas marrulleros que interrumpen el juego para conseguir alguna ventaja

Sin información libre y contrastada no hay opinión. Y sin opinión formada, poca democracia. Una relación directa que Walter Lippmann ayudó a configurar hace un siglo. El periodista norteamericano se dedicó a estudiar el comportamiento social a partir de la influencia de los medios de comunicación. Dedujo que tendemos a configurar unas ideas inducidas por lo que nos llega antes que por nuestra propia capacidad crítica. De ahí el concepto de 'opinión pública' en 1922. El monopolio informativo estaba en manos de la prensa y la incipiente radio ya advertía de su fuerza posterior.

Más tarde, la televisión se convertiría en un fenómeno, el vídeo que iba a matarlo todo murió en manos de un ordenador por el que se nos apareció internet, que se llevaría el gato al agua. El móvil lo remataría y los algoritmos son hoy los reyes del mambo. Y así dominan la situación sacudida por el lodazal de las redes sociales y condicionando a aquellos medios convencionales que han pasado de ser la razón de estudio del Lippmann visionario a desvelarse para subsistir en una sociedad líquida en un tiempo gaseoso.

Configuramos una sociedad
desinformada por exceso de datos, detalles, informaciones, opiniones, intoxicaciones y descalificaciones

En el ínterin, y durante el siglo XX, los largos deseos de seducir, influir, condicionar, manipular o controlar a la ciudadanía por razones políticas, económicas y sociales gracias a técnicas como la publicidad, el márketing o la propaganda. Por todo ello hoy configuramos una sociedad desinformada por exceso de datos, detalles, informaciones, opiniones, intoxicaciones y descalificaciones que nos dejan a los pies del desconcierto absoluto ante el cual optamos por recluirnos en lo que queremos creer. Y basta. También con el coronavirus.

Claro que aquí contribuyen reportajes televisivos que señalan a «quienes incumplen la ley» mostrándonos imágenes de playas concurridas o terrazas llenas cuando no hay norma concreta que lo determine más allá de la distancia social. Y esta, siempre relativa cuando a enfoques ópticos se refiere. Y si hay especificación, las autoridades se han empeñado en confundirnos con unas contradicciones que han provocado incluso el desconcierto de la policía. Desorientados, los Mossos han decidido reducir sanciones después de semanas en las que parecieron ser su aliciente. Saben que no hay base jurídica que las avale aunque les instaran a incluir el concepto desobediencia para ampliar los cauces intimidatorios y recaudatorios.

Y qué decir de las mascarillas. Anteayer innecesarias, ayer recomendadas y hoy obligatorias cuando no hay evidencia científica que lo avale. Lo publicaba 'The Guardian' el día que el decreto español entraba en vigor. La decisión es política no médica. Pero hay más. El mismo día que Barcelona y su área metropolitana entraban en la inventada fase 0,5 ya nos anunciaban la solicitud para pasar a la siguiente. Es lógico deducir que los mismos peligros de los que nos advierten no parecen influir en los datos que sirven para evaluar favorablemente la evolución a pesar de las delaciones de ciudadanos autoproclamados censores de la moral ajena. Y la que nos espera con la toma de temperatura para acceder a playas, hoteles, barcos y aviones. Como si la fiebre ya solo fuera síntoma del covid-19. Más el riesgo añadido de ser señalados cual apestados posmodernos.

En torno a este «bichito», como diría un inefable e histórico ministro de Sanidad, cada día se reúnen más personajes parecidos a los futbolistas marrulleros, liantes y provocadores que rompen el juego para lograr ventaja. Su equipo no debería ser el nuestro.