28 may 2020

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La gestión en los geriátricos

Servicios funerarios retiran dos cadaveres de un centro geriátrico de Barcelona, el 2 de abril.

Piensen en su último aliento

Emma Riverola

Los fallecidos en los geriátricos no se merecen una comisión de investigación como tantas. Con más ardid que voluntad de solución. Estén a la altura de tanto sufrimiento

Unanimidad en el Parlament. A instancias de la CUP, habrá comisión de investigación sobre la gestión de la pandemia en los geriátricos. Y solo queda rogar que, por esta vez, aunque solo sea por esta vez, se esté a la altura de tanto sufrimiento. La tentación es fuerte. De hecho, ya se ha tratado de mercadear con su constitución y, sin duda, la muerte es una munición poderosísima para una guerra política. Lo sabemos. Pero no, esta vez no, por favor.

Nos hemos acostumbrado a que las cuitas partidistas acaben borrando los rostros. Los insultos devoran todo rastro de humanidad y la ética se escurre por las alcantarillas del dardo más afilado, ese que inmediatamente se reproduce en miles de tuits y acaba grabado en un titular. Pero son demasiados. Casi 4.000 fallecidos en residencias en Catalunya. Demasiada vida perdida como para recibir una última burla. 

Un dolor que se multiplica al pensar en tantos y tantos hijos, nietos, también parejas, que han llorado esas muertes con el dolor añadido de no haber podido estrechar una mano, acariciar una mejilla, posar un último beso, susurrar unas palabras de acompañamiento. Nadie debería morir así. No, ellos no se merecen una comisión como tantas. Con más ardid que voluntad de solución. Más artificio que sinceridad. 

Sabemos lo que ha fallado, lo sabemos todos. Y es la falta de recursos. A partir de ese titular se puede desgranar toda la concreción que se quiera. Pero también sabemos que la situación arrastra décadas de escasez, que el covid-19 tensionó hasta el límite el sistema sanitario y que la tragedia va más allá de nuestro mapa: la OMS afirma que al menos el 50% de las muertes con coronavirus en Europa fueron en geriátricos. 

Es posible que alguno de los sentados en el hemiciclo solo tengan que revivir su propio dolor o el de alguien próximo. Y, si no, piensen en ellos, en los ausentes, traten de imaginar sus rostros, sus vidas, su último aliento. No merecen un último agravio. Respeto, humildad y humanidad. La responsabilidad es inmensa, estén a la altura.