30 may 2020

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Editorial

El acuerdo franco-alemán

El fondo de recuperación propuesto por Berlín y París atenuaría el impacto de la crisis en los estados al liberarlos de aumentar su deuda

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El Periódico

Un momento de la presentación del acuerdo, este lunes, entre Ángela Merkel y, en la pantalla, Enmanuel Macron.

Un momento de la presentación del acuerdo, este lunes, entre Ángela Merkel y, en la pantalla, Enmanuel Macron. / Andreas Gora

El acuerdo franco-alemán para crear un fondo de recuperación europeo de 500.000 millones de euros va en la dirección adecuada para la reactivación de la economía. Por una vez, y de forma rotunda, la solidaridad europea se traduce en algo más que palabras porque lo propuesto por Emmanuel Macron y Angela Merkel no es una línea de crédito más, sino un mecanismo de subvenciones directas –cantidades no reembolsables– que el presupuesto de la Unión Europea transferirá a los estados y consignará como gastos en los próximos ejercicios. Dicho en otras palabras, será la Comisión Europea la que se endeude y no cada uno de los socios si finalmente el Consejo Europeo aprueba el programa articulado por París y Berlín, que debe atenuar el impacto demoledor de la pandemia en las finanzas de varios países, entre ellos Italia y España, tercera y cuarta economías de la UE.

Hay que ver ahora cuál es la capacidad de persuasión de Macron y Merkel para convencer a los más reticentes, que no son solo los gobiernos de los Países Bajos y Austria, sino también los gestores de las habitualmente saneadas economías nórdicas. Pero es esta una constante en la historia de la UE, pues los actores políticos son los estados y en su reacción pesan tanto cuestiones de principio –el rigor presupuestario y la disciplina fiscal, entre otros– como coyunturales –convocatorias electorales, estabilidad de las coaliciones–, y la necesidad de lograr acuerdos por unanimidad a menudo se convierte en un obstáculo insalvable. Lo que diferencia este momento de otros es que las dos grandes potencias de la UE suman esfuerzos para lograr que un mecanismo de financiación de una envergadura sin precedentes oxigene economías exhaustas. Y oponerse a la presión del eje franco-alemán será más difícil que si los proponentes fueran otros o si, simplemente, faltara uno de los dos integrantes del núcleo duro.

Por lo demás, resulta poco realista comparar la velocidad de reflejos de Estados Unidos con la lentitud europea. La UE está lejos de reunir las características de un Estado federal, la conferencia intergubernamental tiene un peso determinante y los parlamentos nacionales tienen con harta frecuencia la última palabra para que una propuesta salga adelante. La gran ventaja del mecanismo defendido por Francia y Alemania es que, una vez aceptado por los gobiernos, no deberá someterse a debate en los 27 parlamentos y será la Comisión, a través del presupuesto, la que lo gestionará. No será fácil ni estará exento de tensiones, pero habrá que darlo todo por bien empleado si finalmente decae la pretensión holandesa y austriaca –pueden surgir otras– de que una parte del fondo de recuperación tenga forma de crédito a los estados y no de subvención.

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Es ineludible la complicidad europea para reactivar las economías más baqueteadas. Es importante, pero no suficiente, el compromiso reiterado por Christine Lagarde de que el Banco Central Europeo apoyará las primas de riesgo de España e Italia «sin pestañear» a pesar de la sentencia del Tribunal Constitucional de Alemania, que estima que con tal medida, adoptada en su día por Mario Draghi, se excede en sus competencias. Es asimismo importante, pero en ningún caso suficiente, la activación de 540.000 millones entre en el Mecanismo Europeo de Rescate (MEDE), los avales a las empresas del Banco Europeo de Inversiones y los programas para financiar el trabajo a tiempo parcial. Resulta necesaria la presión del Parlamento Europeo para movilizar hasta dos billones de euros para salir del atasco. Pero es indispensable que una parte importante de las ayudas liberen a los estados de aumentar la deuda, algo que garantiza la propuesta franco-alemana, y eviten hipotecas de futuro, una amenaza que siempre está ahí si no se imponen a partes iguales la prudencia, la solidaridad y el realismo.