24 oct 2020

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Análisis

El hemiciclo del Parlament de Catalunya.

EUROPA PRESS

Aquí y ahora

Paola Lo Cascio

En Catalunya hace falta claridad sobre los proyectos de sociedad que todos los actores tienen aquí y ahora, y no en una futurible independencia. Es clave para contrastar posiciones sobre cómo afrontar la crisis que viene

Las últimas terribles, impensables, inéditas semanas que nuestra sociedad ha vivido han sido un verdadero terremoto en muchos sentidos. Una inmensa, profunda, intensa remodelación de las prioridades de cada una de nosotras, a nivel individual y a nivel colectivo. 

La situación que se tendrá que afrontar en los próximos tiempos será de una gravedad inmensa. Con toda probabilidad, la pobreza laboral de la población asalariada se extenderá cada vez más, las pequeñas y medianas empresas sufrirán un descalabro, y habrá sectores de la población que, simplemente, se quedarán descolgados de cualquier posibilidad de acceder a algún tipo de renta o de ayuda, con todo lo que conlleva en términos de merma de sus más elementales derechos humanos.

A todos los niveles, será de esta situación de lo que se tendrá que hablar: del si y del cómo evitar una catástrofe social de dimensiones inmensas. Más allá de los artificios retóricos y propagandísticos al que la tumultuosa política española y catalana nos han acostumbrado, el nuevo campo de juego de la política es este. 

Y aquí, evidentemente, las recetas serán legítimamente diferentes, dependiendo de las opciones ideológicas. Algunos movimientos ya se han visto: el Gobierno de coalición ha apostado por el objetivo de un rescate social que no reproduzca las políticas de austeridad ensayadas después de la crisis del 2008; y la oposición de derechas ha optado por no moverse de las manidas fórmulas de contención fiscal, con la Comunidad de Madrid ejerciendo de baluarte de las más duras políticas neoliberales. El choque será de alto voltaje, ya que en definitiva lo que se tendrá que dirimir es quién pagará, en términos sociales, los costes de esta crisis. 

El impuesto de sucesiones

La política catalana parece que esté teniendo aún cierta dificultad para entrar en las coordenadas de este nuevo escenario. Se halla todavía inmersa en lealtades, narrativas y dinámicas de la etapa anterior. De otra forma, no se entendería que a los pocos días de aprobarse una modificación en el impuesto de sucesiones que contribuye –aunque sea de manera modesta– a la redistribución de la riqueza, el coordinador del PDECat, partido miembro del Gobierno catalán que ha apoyado la reforma, escriba en la prensa que, simplemente, no está de acuerdo y quiere trabajar para eliminarla. El desacuerdo, más allá de las opiniones de quien escribe, es legítimo. Lo que resulta un sinsentido ya patente es seguir haciendo pivotar la política de este país –y por lo tanto sus alianzas–, sobre el eje nacional, porque nada aporta a los retos que tenemos delante.

En Catalunya hace falta claridad sobre los proyectos de sociedad (y las consecuentes políticas fiscales, que representan una dimensión fundamental de estos últimos) que todos los actores tienen aquí y ahora, y no en una futurible independencia. Es fundamental para contrastar democráticamente posiciones en torno a cómo afrontar la crisis que viene, y posteriormente poder llegar a unos acuerdos de amplia base que serán imprescindibles. La ciudadanía no se merece menos.