25 oct 2020

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Análisis

Pedro Sánchez, en la Moncloa.

AFP

Sánchez concede para no desviarse de su camino

Jordi Mercader

De tratarse como se intuye de cogobernar las competencias exclusivas de las autonomías y no las del Estado, no solo supondría una negación del federalismo sino también un retroceso de la autonomía

Pedro Sánchez no va a enterrar el estado de alarma, a pesar de las voces que se lo exigen, incluso entre sus habituales socios parlamentarios. La alarma oficial será asimétrica y tendrá unas connotaciones menos excepcionales, menos incómodas para muchos, al hacer desaparecer del mando único a los ministros de Defensa, Interior y Transportes, subrayando así  que el factor sanitario es el único que justifica la quinta prórroga. Eso es todo, se mantiene firme en la estrategia seguida por su gobierno contra la pandemia, defendida disciplinadamente en sus 14 comparecencias en 10 semanas: “Es el único camino posible”.

El presidente del Gobierno nunca olvida la música de fondo (la unidad salva vidas y empresas, solo el estado de alarma garantiza dicha unidad) y siempre sigue un guion fijo: valorar los avances técnicos de la semana y esbozar los objetivos políticos de la siguiente. Pocos dirigentes habrán hablado más que él en esta circunstancia. Trump por supuesto, pero ni Macron, ni Merkel, ni Johnson (en este caso tal vez por haber estado en cuarentena) han sido tan prolíficos antes sus ciudadanos. 

Para sostener tanta intensidad mediática, los sabios de Moncloa han improvisado un híbrido entre el mensaje a la nación y la rueda de prensa. El resultado es poco brillante pero suficientemente funcional para alcanzar los objetivos de cada aparición, porque de no ser así ya lo habrían modificado. El híbrido técnico se adecua a las condiciones del protagonista. Sánchez se está mostrando como un dirigente poco empático, escasamente emotivo, pero muy meticuloso en lo que le interesa subrayar y especialmente aplicado en ofrecer determinación frente a la desgracia, a cambio de ganarse la confianza imprescindible para seguir haciéndolo a su manera. Y lo está consiguiendo, aunque su voz ya descubre un cansancio que sus palabras niegan.

Sánchez, como todo presidente con aspiraciones, intenta dejar huella con sus discursos, siguiendo un práctica aceptada por la comunicación política. En sus frases más recordadas, Kennedy copió a Cicerón, Churchill a Garibaldi y Suárez a Roosevelt. Primero lo intentó emulando un clásico presidencial americano ('New Deal', 'New Frontier'): la 'nueva normalidad', en la estela del canciller austriaco Kurz, quien unos días antes, según contó Gutiérrez-Rubí, ya se había apropiado del concepto de Paul Sailer-Wlasits. Después, Sánchez se abrazó a la 'cogobernanza', un concepto utilizado como antídoto por quienes quieren apoyar el estado de alarma pero se sienten obligados a denunciar sus efectos centralizadores. 

Para los optimistas, la cogobernación sería un avance federalizante; para los escépticos, una concesión dialéctica para salir del paso. De tratarse como se intuye de cogobernar las competencias exclusivas de las autonomías y no las del Estado, no solo supondría una negación del federalismo (autogobierno de las partes y gobierno compartido del todo) sino también un retroceso de la autonomía. Retórica de libro: hacer que lo pequeño parezca grande.