29 oct 2020

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NÓMADAS Y VIAJANTES

Tres de los recién nacidos rescatados de la maternidad atacada en Kabul esta semana.

RAHMAT GUL (AP)

Afganistán, tierra quemada

Ramón Lobo

Para construir la paz es necesario asentar una cultura de la concordia que demanda tiempo y dinero

Matar bebés y mujeres en una maternidad de Kabul es terrible, un acto inhumano. La cifra de muertos entre vigilantes, sanitarios y civiles supera las dos decenas. El huérfano más viejo tiene menos de una semana; el más joven, nació justo después de que varios hombres armados atacasen el hospital. Pero hay otros infantes que no salen en las fotos y también mueren por una violencia ambiente insoportable que afecta a toda la población. El número de civiles fallecidos o heridos en el 2019 a causa del conflicto superó los 10.000 por sexto año consecutivo, según los datos de la Misión de Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA).

Es más difícil construir la paz que hacer la guerra, más complicado salvar vidas que acabar con ellas. Además de los altos el fuego y las negociaciones para que callen los fusiles es necesario asentar una cultura de la concordia que demanda tiempo y dinero. EEUU y sus aliados, entre los que nos encontramos, han perdido una guerra que ya no pueden ganar.

Donald Trump firmó en febrero un acuerdo de paz con los talibanes que incluye una retirada estadounidense por etapas supeditada a un compromiso entre la guerrilla y el Gobierno de Kabul apoyado por Washington. Es un abandono, una huida de una trampa mortal en la que EEUU está metido desde finales del 2001, su guerra más larga, más que la de Vietnam.

Lucha entre tradición y progreso

Afganistán lleva en armas desde antes de la invasión soviética en 1979 para apoyar una de las facciones del Partido Comunista afgano. Nadie lee historia, ni rusos ni estadounidenses. Los británicos perdieron dos guerras en Afganistán en el siglo XIX. Tal vez sea la misma con otros nombres y rivales. Es la lucha entre la tradición tribal y cualquier forma de progreso. Sucedió en España, donde el virus de la intransigencia aún sigue entre nosotros. Solo un occidental logró someter a las tribus pastunes (etnia mayoritaria de la que proceden los talibanes): Alejandro Magno. Fue a través de un genocidio.

Pakistán y Arabia Saudí crearon una guerrilla islamista para luchar contra el invasor soviético. La Administración de Ronald Reagan puso entusiasmo, dinero, armas y misiles tierra-aire que redujeron la superioridad aérea soviética. De esos lodos nació años más tarde Al Qaeda. La historia no se mueve por periodos electorales. Cualquier movimiento afecta a todo el tablero.

El día que deje de volar el último bombardero B-52 sobre Afganistán, los talibanes tomarán el poder. Las escasas mujeres que se quitaron el burka en Kabul y en Mazar-i-Sharif, tendrán que usarlo de nuevo. Las niñas que no acuden a la escuela secundaria ni a la universidad bajo el régimen patrocinado por Occidente seguirán sin poder hacerlo. Después nos preguntamos de qué huyen. Por encima de cualquier ley se mantiene la omnipresente y aplastante tradición. Modificarla exige décadas de inteligencia, presupuesto y educación. Celebramos elecciones en un país lleno de analfabetos para proclamar que les llevamos la democracia. Ni siquiera sirven para dotar de prestigio a las instituciones y a los gobernantes.

Un régimen brutal

Está por ver si los talibanes han aprendido de los errores cometidos. Su aparición en 1994, en Kandahar, les convirtió en un partido más en una guerra civil que enfrentaba a los grupos de muyahidines (pastunes, tayikos y hazaras) que expulsaron a los soviéticos, incapaces de entenderse y gobernar juntos. Dos años de exitosa campaña militar les llevó al poder en Kabul. Dominaron todo el país menos Mazar-i-Sharif y el valle del Panshir, feudo del Ahmed Masud. Impusieron la paz y acabaron con las mafias, pero su régimen fue brutal, y la mujer una de sus principales víctimas. Tanto los comunistas como los talibanes cometieron el mismo error: tratar de imponer su visión antagónica del país por la fuerza y de manera rápida. Ambos fracasaron. Nosotros, también.

El ataque contra la maternidad es solo el recordatorio de que la paz no empezará cuando se retiren las tropas estadounidenses, ni cuando callen las armas. La paz exige una cultura de paz en un país que lleva sometido a 40 años de violencia. EEUU perdió la guerra al invadir Irak en el 2003. Distrajeron medios militares, dinero y atención. Pensaron que estaba solucionado el problema afgano. Los talibán se reorganizaron con ayuda de Islamabad y Riad, recuperaron la iniciativa en el 2007. Mandamos a Afganistán todo lo que les sobraba: armas, bombas, soldados, odio. Somos los primeros con serios problemas para construir una cultura de paz más allá del negocio de las armas y de nuestras neveras llenas.