13 jul 2020

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EDITORIAL

Bancos de alimentos desbordados

Las precariedades hasta ahora disimuladas explican que los recursos de emergencia social estén al límite cuando aún no ha llegado lo peor

Una voluntaria prepara paquetes de alimentación básica en el almacén de la Cruz Roja en Barcelona, el 6 de mayo.

Una voluntaria prepara paquetes de alimentación básica en el almacén de la Cruz Roja en Barcelona, el 6 de mayo. / EFE / MARTA PÉREZ

También pasó en la anterior crisis económica, pero hubo cierto periodo de aclimatación, de preparación para el infierno. El coronavirus ha significado un parón en seco de toda la actividad social. Una parálisis cargada de tragedia y dolor, también de vacío económico. De la noche a la mañana, son muchos los que se han encontrado sin ningún tipo de ingresos. Un abismo para los que vivían al día. Trabajadores afectados por un erte que aún no han cobrado la prestación, autónomos que han visto su actividad reducida a cero, trabajadores precarios que han visto volatilizados sus empleos, personas que vivían de la economía sumergida… Perfiles muy distintos unidos en una misma adversidad.

Según datos del Banc dels Alimentsla demanda de alimentos ha aumentado un 40% solo en Catalunya y las consultas sobre ayuda alimentaria se han multiplicado por cuatro desde el inicio del estado de alarma. Desde el pasado mes de marzo, la distribución de alimentos a través diferentes programas ha pasado de 2.000 a 3.000 toneladas, dejando necesidades sin cubrir. Creu Roja llegan, cada semana, también solo en Catalunya, 10.000 peticiones más de ayudas. La situación es de una angustiante emergencia. Las entidades de ayuda humanitaria no dan abasto, saben que no podrán mantener el ritmo durante mucho más tiempo y tienen problemas de logística difíciles de solventar.

La sombra del hambre es real

Son solo dos meses, pero la vida nos ha cambiado de un modo radical. La alimentación, junto con la vivienda, ha pasado a ser la necesidad principal. Y lo peor, lo más preocupante, está aún por venir. La recuperación tardará. El coronavirus ha arrasado mucho más que la salud, hay sectores que quedarán especialmente tocados. Las ayudas del Gobierno van llegando y tendrán que llegar más, pero el temor es que no lleguen a todos. La sombra del hambre es real.

EL PERIÓDICO recoge varios testimonios de personas que se han visto obligadas a recurrir a los bancos de alimentos. Son muchos los que en su vida habían imaginado encontrarse en una situación así. Trabajadores que, de forma repentina, han visto rota su estabilidad laboral y económica. También sus planes de futuro. El daño económico es lacerante, pero también es preocupante el perjuicio psicológico. La anterior crisis ya desnudó el percance mental que supone una situación de extrema precariedad. La sensación de irrealidad, de no acabar de comprender lo sucedido, ese cómo he acabado aquí, puede ser paralizante, frustrante, si no se recibe el apoyo y los estímulos necesarios para salir de la pesadilla.  

El coronavirus ha apeado del mundo laboral a muchos, pero también ha dejado al descubierto la extrema precariedad, la pobreza más invisible. Esa que se movía en la economía sumergida, la que sobrevivía a base de chapuzas y trapicheos, de venta de chatarra o prostitución. Un duro ir tirado que la reclusión ha expulsado de la calle y ha condenado a un confinamiento de miseria absoluta.

En las colas de los bancos de alimentos se alinea el desconcierto, la tristeza y la inquietud, pero también se suma el inconformismo de muchos ante la tragedia. Como siempre, la oscuridad tiene rayos de luz, el compromiso de quienes se niegan a permanecer al margen de la adversidad de otros. Más de 150 personas, la mayoría jóvenes, se han ofrecido como voluntarios al Banc dels Aliments. Empresas, asociaciones y particulares contribuyen a financiar comidas o, directamente, han donado alimentos. También algunos cocineros han cambiado los elegantes manteles de sus restaurantes por los pucheros de la solidaridad.

Estos días son multitud las iniciativas sociales que recogen dinero para que la comida llegue a todos. La situación es de una gravedad indiscutible. Los bancos de alimentos son el termómetro más preciso de las enormes carencias que la pandemia ha provocado, pero también son el reflejo del compromiso, la generosidad y la tozuda resistencia ciudadana.