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Hambre por respeto

Cuando termine el Ramadán, nos tocará devolver la deuda de los días que hemos comido

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Voluntarios de una mezquita de València revisan una carga de alimentos que posteriormente se repartirán entre familias desfavorecidas durante el Ramadán, el pasado 4 de mayo.

Voluntarios de una mezquita de València revisan una carga de alimentos que posteriormente se repartirán entre familias desfavorecidas durante el Ramadán, el pasado 4 de mayo. / EUROPA PRESS / ROBER SOLSONA

No sé dónde estábamos los musulmanes el día en que se repartieron los sacrificios religiosos. Muy despistados, seguro. Porque entre no comer carne unos cuantos viernes del año o pasarte un mes entero sin poderte introducir nada en el cuerpo (ni comida, ni bebida, ni humo, ni amantes) desde que sale el sol hasta que se vuelve a poner, ¿qué íbamos a escoger? Pues un mes entero de auténticos sacrificios como el Ramadán. Para muchos, creyentes o no, no comer carne no es una penitencia, es el día a día impuesto por una economía que apenas da para comprarla una vez por semana. Ahora incluso los médicos y los ecologistas nos aconsejan sustituir las hamburguesas por bacalao o garbanzos.

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Lo hacemos por salud. Es lo que se han acostumbrado a decir algunos musulmanes cuando les preguntan por las razones del Ramadán. Como si de una cura depurativa en un balneario se tratara. Dudo mucho de los beneficios sanitarios de la punzada de hambre cuando el sol está en lo más alto, de la lengua de cartón cuando cae la tarde, del pensamiento espeso cuando tienes que estudiar con el estómago vacío, del mareo incesante cuando tienes que cumplir con tu jornada laboral y notas que te fallan las fuerzas. Dudo de los supuestos beneficios de esta práctica, sobre todo porque, si durante el día se imponen las restricciones y el autocontrol, al llegar la noche disfrutamos de desmedidos banquetes. Basta decir que hay quien engorda algunos kilos durante este mes.

A las mujeres se nos perdona el sacrificio durante la menstruación, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que podamos sentarnos tranquilamente a la mesa a disfrutar de las comidas que nos son lícitas. Por vergüenza aprendida (tener la regla y que lo sepa todo el mundo) y por respeto a quienes están ayunando, hemos comido siempre a escondidas, intentando hacer el menor ruido en la cocina, de pie, llenándonos la boca furtivamente como ladronas. Encima, cuando termine este mes, nos tocará devolver la deuda de los días que hemos comido. Y fuera del ritual colectivo, de la comunión familiar, el sacrificio resulta infinitamente más triste y difícil. Por respeto hacia nosotras, claro está, a nadie se le ocurre pasar hambre.

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