29 oct 2020

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Análisis

Dos policías de Vigo expulsan a un ciudadano con su perro de la playa de Las Barcas, el domingo 26 de abril.

EFE / SALVADOR SAS

La Europa que necesitamos

Ruth Ferrero-Turrión

En estos tiempos, tiempos de pandemia, se podría sucumbir, casi sin darse cuenta, a los cantos de sirena que prometen seguridad y bienestar a cambio de menos libertad

El 26 de febrero, Giorgio Agamben publicaba el artículo 'La invención de la epidemia' en la revista 'Quodlibet'. Su tesis de fondo planteaba que el covid-19 era una simple gripe que estaba siendo utilizada para extender el miedo entre la población y así hacerla renunciar su libertad a cambio de seguridad. Tres meses más tarde, la primera parte de su tesis se falseaba ya que la epidemia era en realidad una pandemia, y no se trataba de una simple gripe con la que meter miedo a la ciudadanía. Sin embargo, su segunda afirmación sigue vigente. El miedo se ha instalado entre nosotros, la incertidumbre es inmensa, las respuestas, todavía, no son suficientes. Esto hace que cada de manera más generalizada se pueda extender la idea de que la nueva normalidad sea entendida como el uso cada vez mayor de los estados de alarma y excepción, con la renuncia a determinados derechos individuales y colectivos que ello implica.


No es la primera vez que el dilema entre seguridad y libertad se instala en el debate público. Los atentados del 11-S de 2001 y el miedo que vino con ellos permitieron la securitización de nuestras vidas, algo que fue aceptado sin oponer resistencia. El control de las poblaciones se realizaba sin la violencia de otros tiempos, pero, con una coerción que permitía la actuación de fuerzas de seguridad, públicas y privadas, contra la población, en muchas ocasiones, incluso con la vulneración flagrante del estado de derecho. Guantánamo es quizás el símbolo de aquella época.

Hoy, casi veinte años más tarde, el miedo lo provoca un pequeño virus que nos ha hecho parar en nuestros frenéticos estilos de vida y repensarnos, pero también que ha provocado, de nuevo, una intensa securitización de nuestras calles, ciudades y estados. Los mecanismos de control social que se pueden observar van desde los policías de los balcones, la incesante avalancha de denuncias por abusos policiales y la no revocación de leyes como la ley mordaza que otorgan legalidad a comportamientos y actuaciones que quiebran el Estado de derecho. 

El pasado 9 de mayo, como cada año, la UE celebró su día. Un día que conmemora el discurso fundacional de Schuman, pero también el Día de la Victoria contra el fascismo. Sin el segundo, nunca hubiera sucedido el primero. Desde los países que componen la UE es imprescindible que no se dé por sentada la democracia y el Estado de derecho. Su defensa, eso sí, tiene que ir acompañada de una lucha contra la desigualdad, donde, efectivamente, no se deje a nadie fuera. 

Desde el comienzo del siglo XXI no son pocas las cesiones realizadas a cambio de más seguridad. Una seguridad entendida como cesión de derechos y no como defensa férrea de los mismos. En estos tiempos, tiempos de pandemia, se podría sucumbir, casi sin darse cuenta, a los cantos de sirena que prometen seguridad y bienestar a cambio de menos libertad. Si la UE quiere que no termine aquí su historia sería conveniente que proteja de manera encendida la seguridad de nuestros derechos. Todas estaremos agradecidas, también nuestras hijas y nuestras nietas.