26 nov 2020

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Al contrataque

La lección de la alpargata

La lección de la alpargata

Carles Francino

No me lo creo cuando en Madrid se intenta imponer el relato de que la urgencia económica de los más débiles obliga a saltarse las cautelas sanitarias, quienes aprietan de verdad vuelan mucho más alto

Victoria Beckham tiene una fortuna cercana a los 400 millones de euros; de su marido ni hablamos. Ha pedido ayuda del Estado para aplicar un erte a sus 30 empleados, aunque rectificó tras la somanta de palos que le cayó por caradura. Rocío Ledesma es coordinadora social del Comedor de los Pobres de Salamanca y ha puesto en marcha la campaña 'El hambre no se confina', ante el aluvión de familias que se han quedado a la intemperie. A Victoria la ponen a parir y a Rocío la aplauden, pero cuando todo esto pase seguirán igual cada una; en sus puestos de combate. Generales y tropa. Nada habrá cambiado.

Por eso cuando en Madrid se intenta imponer el relato de que la urgencia económica de los más débiles obliga a saltarse las cautelas sanitarias, no me lo creo. Las presiones no vienen de repartidores, albañiles, comerciales o autónomos de diverso pelaje. Estos las pasan canutas y protestan, claro, pero quienes aprietan de verdad vuelan mucho más alto. Y por eso no habrá pactos de reconstrucción ni nada que se le parezca. Porque la Transición no solo homologó a una derecha heredera del franquismo que ya enseña los colmillos sin complejos, sino que perpetuó el mismo modelo de reparto de riqueza. Y la revolución ultraliberal lo ha propulsado en todo el mundo; así que apenas hay reglas en un mercado cada vez más parecido a la selva, como ha demostrado la vergonzosa subasta internacional de mascarillas y respiradores.

Igual una manera de combatir la monserga del consenso sea recordar la Liga de la Alpargata, de cuya fundación se cumple un siglo este lunes. Fue un invento del pijerío madrileño de los años 20, como protesta por los precios de los zapatos de cuero. Embaucaron a todo quisqui para calzarse solo las modestas alpargatas. Se perdieron miles de empleos en la industria del calzado. Pero la llegada del invierno, con su lluvia, su frío y su barro, restableció el orden natural. Los ricos sacaron los botines de sus armarios y los pobres se quedaron, como casi siempre, peor calzados y con cara de gilipollas. A ver si aprendemos.

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