Los mayores y el covid-19

Dice una amiga

La gente que tiene más de 70 años, de repente, resulta sospechosa. Eso barre muchas ilusiones

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Dos personas mayores pasean por las calles de Valencia en el primer día en que pueden salir a dar una vuelta desde que se decretó el estado de alarma.

Dos personas mayores pasean por las calles de Valencia en el primer día en que pueden salir a dar una vuelta desde que se decretó el estado de alarma. / MIGUEL LORENZO

Una amiga mía dice que la vejez es saber que hay una serie de cosas que ya no te van a suceder. Vamos cambiando y un día descubres que hay cosas imposibles, no solo en tu aspecto exterior, sino más grave aún, en tu pequeña y frágil armadura interior. Si eso fuera verdad, estos días se nos habría achicado el horizonte. No solo porque se rompa la realidad sino porque, a los que no nos hemos muerto, nos pueden destruir la posibilidad de un futuro, de unos sueños que hasta ahora permanecían mágicamente intactos.

Mi discusión con ella siempre es la del optimismo creativo contra el pesimismo temeroso y oscuro. Todos sabemos que de repente puede caer un rayo de esperanza, pero esta vez cayó una tempestad asesina. El confinamiento ha venido de una gran e imprevisible tormenta. Ni sospechábamos que nos pudiera suceder y menos a la edad que tenemos. La gente que tiene más de 70 años, de repente está mal mirada, resulta sospechosa. Algo habremos hecho.  Solo por la edad, ya resultamos culpables. Y de nada menos que de asesinato.

Seguimos pensando, creando, riendo. Todavía nos atrevemos a creer en los sueños

Eso barre muchas de nuestras ilusiones, las que tuvimos y las que tenemos. Porque los mayores nunca hemos dejado de trabajar, de crecer y tampoco de tener proyectos, ilusiones, amigos, e iniciativa. Seguimos pensando, creando, riendo. Todavía nos atrevemos a creer en los sueños, a veces más o menos descabellados, pero siempre vitales y optimistas. No hace falta decir que hemos seguido disfrutando del amor y del sexo al mismo tiempo que acudíamos a nuestros trabajos y cuidábamos de nuestros nietos. Cada uno a su ritmo. Algunas veces exagerado.

Es difícil convencer a mi amiga que volverán esos tiempos. Porque el confinamiento nos ha hecho pensar mucho. Como si fuera una frontera para una generación, una raya que no parece que vayan a permitir que saltemos. Hasta ahora podías ser una persona que salías por la mañana a tu trabajo, todavía lo mantenías, cultivabas tus aficiones, cada semana te encontrabas con amigos, los viernes no perdonabas el cine ni los domingos dejabas de cocinar para la familia o cuidar a los nietos. Pero de repente te han puesto un marco, una pared que tienes que subir ahora mismo. Hay personas que te miran con miedo porque eres vieja. Aunque tú no lo veas, es la mirada de los demás la que te condena. Porque detrás de lo que sabemos nos pesa la incógnita de lo que viene y del futuro de los jóvenes.

Vivimos en su día la desaparición de la dictadura, luchamos por ello, nos enamoramos como locos, trabajamos y estudiamos hasta el amanecer… nosotros no nos hemos olvidado. Pero igual somos sospechosos.

Mi amiga, que es un poco pesada, dice que lo del amor ya ni de broma.

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Sigo pensando que quien ha sabido disfrutar de los grandes y pequeños placeres de la vida, lo seguirá haciendo. No es cuestión de dinero sino de cabeza. Porque amar, y hacerlo bien, es también una conquista. Han sido muchos años de práctica. Y lo que hemos disfrutado en la vida ya no los va a quitar nadie.

Que lo sepáis.