24 oct 2020

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Música y política

Colau, el miércoles, cuando compareció para pedir que Barcelona bajara el ritmo, antes de ser confinada.

Detrás del telón

Paola Lo Cascio

La polémica del concierto de los balcones de Barcelona tiene que ver con el marco cultural y político hegemónico que se quiere proyectar

Después de dos días de intensa polémica, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, decidía suspender el proyecto de realizar un concierto colectivo desde los balcones de Barcelona, que tenía el objetivo de celebrar la actitud de la ciudadanía, así como insuflar ánimos en la población. Lo hacía con un 'post' en que hacía autocrítica con respecto al cómo se había desarrollado la propuesta, que había generado malestar en algunos sectores culturales. La autocrítica seguramente tiene fundamento. Legítima la perplejidad sobre el formato y su coste final en época de obligada contención, sobre las prisas con las cuales este evento estuvo pensado y la manera en que esto podía eventualmente afectar los mecanismos de contratación, así como sobre la remuneración de los artistas implicados o la idoneidad de las empresas escogidas para llevar a cabo la producción del evento (y que al final decidieron asumir el coste global, después de que el consistorio fuera criticado por la cuantía total del gasto previsto).

Muchos de estos aspectos los han evidenciado tanto los artistas implicados como algunos operadores culturales, y seguramente tendrán que hacer reflexionar los representantes del ayuntamiento, con el objetivo y la esperanza de que sirva para mejorar.

Y, sin embargo, el grueso de la polémica que se ha generado (y que en redes ha derivado en un sistemático acoso y derribo digno de la estratega de cualquier extrema derecha), ha tenido que ver solo en parte con las razones que se exponen arriba. Para quienes más han destacado en la dureza de las críticas, el concierto ha sido solo una excusa para otra batalla, que ha empezado mucho antes de esta polémica, y tampoco se acabará con ella. Una batalla que tiene que ver con el marco cultural y político hegemónico que se quiere proyectar, con los actores 'autorizados' a generar propuestas culturales, y, como no puede ser de otra manera, con los intereses políticos subyacentes.

En primer lugar, de la misma manera que pasó en su día con la famosa exposición del Born sobre franquismo, o más adelante con la instalación de los carritos del súper en el Fossar de les Moreres (que había sido realizada por artistas de base), para la derecha nacionalista y los sectores de la CUP que más han criticado el evento, un concierto en que se aunaban artistas de muy distinta convicción política con respeto al tema nacional podía desdibujar ostentosamente el marco de confrontación identitaria que se ha rentabilizado tan bien en los últimos diez años y proyectar otro imaginario. En el caso del Born o del Fossar de les Moreres se utilizó una pretendida violación de espacios considerados 'sagrados', para atacar sin piedad quienes no participan de este marco, para el mantenimiento del cual la dimensión simbólica es fundamental.

En segundo lugar, hay un tema más concreto, pero no por ello menos importante: la cultura ha sido y es la gran olvidada de las políticas públicas. Con la excepción, justamente, del Ayuntamiento de Barcelona, que destina a ello el 5% de su presupuesto, cuando la Generalitat solo destina un mísero 1%. Permitir centralidad a una institución liderada por una coalición de izquierdas, que gobernando una gran ciudad como Barcelona rivaliza de manera clara con la Generalitat en la dinamización de propuestas culturales, para el nacionalismo catalán en el poder desde siempre -ahora reconvertido en independentismo intransigente-, es vivido como un peligro.

La polarización identitaria

Finalmente, hay que tener en cuenta la coyuntura. Nadie sabe cómo se va a orientar la ciudadanía después del trauma del coronavirus. Puede que la polarización identitaria siga siendo un combustible eficiente para mantener hegemonías electorales. Pero también puede que no, como algunas encuestas ya registran en países como Italia, en donde la Liga de Salvini pierde vistosamente fuelle. Esto a algunos les puede estar quitando el sueño y acelerando el pulgar a la hora de escribir hilos de Twitter.

Así que será importante que los responsables políticos del ayuntamiento tomen nota de las críticas fundamentadas. Pero la opinión pública no debe desconocer que una parte del conflicto está detrás del telón que esta vez no se levantó. Y tiene que ver con si es posible abrir el horizonte e impugnar una concepción del país tan estrecha como funcional a los intereses de unos sectores determinados, que lo patrimonializaron durante mucho tiempo.