10 jul 2020

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IDEAS

El interior vacío del cine Aribau, en una foto del 2016.

JOAN CORTADELLAS

Paisaje después de la batalla

Quim Casas

Los festivales de cine van cayendo, uno detrás de otro, o posponiéndose a la espera de cómo quede paliada la crisis sanitaria, buscando originales soluciones de colaboración y vías de supervivencia. El virus se ha cebado en los estamentos más diversos, pero siempre acostumbra a ser la cultura la que peor parada sale. Pasó con la última crisis económica y está pasando ahora.

Por lo que respecta al cine y a los certámenes, las salas seguirán cerradas durante semanas; las reuniones de un grupo numeroso de personas para ver un filme y aplaudir a sus protagonistas (la química esencial de todo festival) es ahora mismo una quimera; añadamos el miedo de los actores y directores a viajar a otros países.

El 'streaming' es una solución puntual y pasajera a una crisias que cambiará la forma de producir, promocionar y vender el cine

Se puede reducir el aforo de las grandes salas que albergan las programaciones de Cannes, Venecia, San Sebastián o Sitges, y pasar igual de 1.700 espectadores a 600. No es lo mismo, pero algo es algo. Esas películas tienen después que llegar a los cines de cada ciudad, y se está hablando, sin confirmación oficial, en el correveidile en el que se ha convertido buena parte de la información, que hasta diciembre no podrán reabrirse las salas.

La crisis se adivina mayúscula. Porque en los festivales no solo se proyectan y compiten películas. También se hacen negocios, fluyen los proyectos, se cierran alianzas, se fraguan coproducciones, se compran películas y el movimiento sigue su curso natural. Sin Cannes, la gran caja de resonancia del cine mundial, y sin su mercado internacional –aunque parece que habrá mercado 'online'–, el cine anda aletargado, sin confianza, con multitud de filmes bloqueados.

Los responsables de Venecia podrán anunciar a bombo y platillo que la Mostra se celebrará entre el 2 y el 12 del próximo mes de septiembre, pero no deja de ser una refriega más en la particular batalla que tienen los dos certámenes europeos más poderosos para ver quién sale mejor parado –que no fortalecido– de esta terrible situación.

Es prácticamente imposible que el Lido veneciano abra sus puertas a 4.000 informadores y espectadores dentro de cuatro meses. Ojalá pueda ser así. Ojala pueda celebrarse un Cannes aunque sea disminuido, porque expulsará las películas ya seleccionadas hacia la libertad de la exhibición. Y después Locarno, Toronto, San Sebastián, Sitges, Sevilla, Gijón… Pero si se hacen, será en un formato bien distinto del conocido.

Si las películas no se estrenan, los productores de las mismas no recuperan la inversión y no podrán producir la próxima. Las que se han rodado in extremis antes de la pandemia querrán tener acceso cuando esta haya sido controlada, pero entonces las salas no tendrán capacidad para albergar tantos filmes y habrá una suerte de injusta selección natural.

El cine en 'streaming' es ahora mismo una solución, pero solo puntual, pasajera. No debería cambiarse el hábito, por mucho que ya hay quien habla de un nuevo orden en cuanto al consumo y recepción del cine. En lo que quizá cambie es en la forma de hacerse las películas. El Dogma95 de Lars von Trier democratizó el cine hace dos décadas a través del soporte digital. La covid-19 no obligará a hacer filmes distintos –todos correremos como locos a ver el último James Bond cuando se estrene, recordando que fue la primera película importante que cayó por culpa del virus, y esperaremos más entregas de 'Star Wars' o 'Misión: imposible', y puede que se hagan pronto filmes sobre epidemias y cuarentenas–, pero sí a producirlos, promocionarlos y venderlos de otra forma. Y esto, aunque de modo distinto, afectará tanto al pequeño productor independiente como a las grandes corporaciones de Hollywood.