11 ago 2020

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Una actividad divertida

Un grupo de amigos conversa alrededor de la mesa, durante una comida.

123RF

Un juego conversacional en 5 fases para el confinamiento

Estrella Montolío

Estos días extraños y extraordinarios son un buen momento para comprobar cómo la (buena) conversación puede mejorar nuestra salud psíquica y emocional

Pensémoslo un instante: toda nuestra vida emocional, social y profesional sucede a través de conversaciones. Sabemos por experimentos monitorizados que las conversaciones tóxicas y estresantes modifican nuestro estado hormonal porque aumentan el nivel de cortisol en sangre. Y, por el contrario, hay conversaciones que estimulan nuestro estado anímico y nos armonizan, porque liberan endorfinas, las hormonas antagonistas del cortisol.

Le propongo un juego para mejorar la calidad de nuestros intercambios conversacionales. Es una actividad divertida que podemos realizar con quienes compartimos nuestro espacio y tiempo en estos días de reclusión. Aprenderemos mucho sobre los demás y sobre nosotros mismos.

El juego conversacional tiene 5 fases y funciona como un videojuego: no empezaremos una nueva fase hasta haber completado la anterior. Allá vamos.

Alrededor de una mesa

La fase 1 exige cumplir un único requisito: comprometámonos todos los que vivimos en casa a reunirnos en torno a una actividad tan placentera como la cena y sentémonos alrededor de una mesa donde todos podamos ver cómodamente a los demás.

La fase 2 nos plantea un reto exigente para los tiempos que corren. No puede haber ningún dispositivo electrónico presente durante nuestra cena de encuentro conversacional cara a cara: fuera televisión, tabletas y móviles.

Me adelanto por si alguien se siente tentado a decir que pone el móvil en silencio. No, no. Nada de móviles a la vista. Recientes investigaciones incluso demuestran que, cuando encima de la mesa hay un móvil en modo avión, su mera presencia modifica la calidad de las conversaciones que se mantienen. La sola expectativa de cortocircuito comunicativo inminente induce a los interlocutores a 'surfear' con atención flotante por la superficie de los temas.

En la fase 3 comprobaremos que todo el mundo participa de manera activa en la conversación. Sabemos que hay personas más o menos expansivas o reservadas. No se trata de obligar a nadie a hablar, pero sí de animar a todos a participar. Recuperemos el placer de mirar sincera e interesadamente a quien nos habla, evitando las huidas de nuestra mirada hacia el plato, el techo o la ventana.

Propongamos un tema de conversación que siempre funciona: “Cuéntanos las dos mejores cosas que te han sucedido hoy”. Abramos también nuestra conversación a la expresión de sentimientos de enfado o frustración: “¿Qué te ha pasado hoy que te gustaría cambiar si pudieras?” Y recordemos que la escucha atenta es uno de los mejores regalos que podemos hacerles a las personas que apreciamos.

En la fase 4 tenemos que asegurarnos de que todos respetamos el turno de palabra de los demás y nadie interrumpe a quien está hablando. Este es uno de los grandes aprendizajes que podemos brindar a nuestros niños: “Espera, espera un momentito que acabe de hablar tu hermana, y ahora nos cuentas eso que nos querías contar”. Seguro que usted conoce adultos que, al parecer, nunca recibieron esta lección infantil, porque tienen la antipática costumbre de interrumpir a los demás. Practicar el respeto del turno de palabra es un gran favor que les hacemos a los más pequeños de cara a sus relaciones personales y profesionales futuras.

Fase 5. Vamos a por nota. A menudo, cuando otra persona está hablando, se nos ocurre una idea que nos gustaría compartir con los demás inmediatamente. Vale la pena aprender y enseñar a guardar momentáneamente nuestra idea en nuestra mente para aportarla a la conversación en cuanto nos toque de nuevo hablar. En un primer momento, los adultos podemos ser los 'guardadores' provisionales del tema de los más pequeños: “¿De qué nos querías hablar?”. “De una cosa que ha pasado en clase”. “Vale. Yo me acordaré, y cuando acabe tu hermana, nos lo cuentas”. Y en cuanto sea el momento oportuno: “Eva, venga ¿qué nos querías contar de la clase? Que queremos oírlo”. Un buen truco que funciona en esta situación es que, cada vez que a los pequeños se les ocurra algo que quieren compartir mientras habla otro, pongan su vaso en el centro de la mesa, a modo de recordatorio personal de “que no se me olvide decir esto más tarde”. La cuestión es aprender a guardar provisionalmente en un estante de nuestra memoria nuestra ocurrencia hasta que llege el momento oportuno de poder hablar.

¡Fin del juego… por el momento!