Al contrataque

Sant Jordi

Si antes pensaba que mi hogar eran mi casa y mis amigos, ahora sé que mi hogar son también las calles y los desconocidos

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La Rambla de Catalunya durante la ’diada’ de Sant Jordi del 2018.

La Rambla de Catalunya durante la ’diada’ de Sant Jordi del 2018. / JOAN CORTADELLAS

¿Cómo será el Sant Jordi del año que viene? ¿Nos obligarán a ponernos mascarillas? ¿No le daremos la mano a nadie que no lleve guantes? ¿Nos dejaremos besar por los lectores? ¿Haremos el gesto nosotros para que no se sientan cohibidos? Si nos obligan a llevar mascarilla, ¿nos la quitaremos para que puedan fotografiarse con nosotros? ¿lograremos que alguna amiga compasiva acepte suplantarnos durante un rato firmando libros mientras nosotros alargamos la comida con nuestros editores, paseamos con nuestra familia o intentamos conseguir la firma de nuestro autor favorito?

¿Volverá a haber aglomeraciones de gente como las de antes? El mero hecho de acercarse a alguien ha cambiado radicalmente, no a nuestros hijos y familiares, obviamente, a los demás.

Medimos la distancia con las personas, pero a la vez, el hecho de tener que medir la distancia nos obliga a mirarlos.

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Antes podía recorrer una calle llena de gente, entrar en un supermercado y pasear por mi barrio en hora punta (la hora de salida y entrada de los colegios) sin ver a nadie.

Ahora veo a cada una de las personas con las que me cruzo, me fijo, las miro. Si llevan máscara, escudriño sus ojos, su actitud: los que siguen mirando para seducir, los que me reprochan en silencio no llevar mascarilla porque no es obligatorio, los que como yo miran con curiosidad, los que tienen ganas de charlar (casi todos), los que pasean taciturnos, arrastrando los pies o a paso ligero. Somos el otro (lo desconocido, el peligro incluso) pero a la vez somos lo mismo que ellos, por primera vez quizá y más que nunca. Salir al mundo exterior se ha convertido en una pequeña aventura. Nunca había prestado tanta atención a los demás, a la calle, al reflejo del sol en los árboles, al enloquecedor goteo de la lluvia. Nunca había hablado con tanta gente. Somos pocos, pero a la vez somos todos. Y si antes pensaba que mi hogar eran mi casa y mis amigos, ahora sé que mi hogar son también las calles y los desconocidos. Que vuelvan pronto.