OPINIÓN

Disfruta de tu hijo. (Es broma)

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Un niño de cinco años mira por la ventana de su casa en Madrid, de la que no sale desde el pasado 11 de marzo.

Un niño de cinco años mira por la ventana de su casa en Madrid, de la que no sale desde el pasado 11 de marzo. / OSKAR BELATEGUI

El mantra publicitario nos recuerda que, en tiempos de coronavirus y confinamiento, debemos disfrutar de nuestros hijos. "Descubre rituales que nunca habías vivido", nos susura un anuncio mientras vemos a un chavalín recorriendo el pasillo de su enorme casa con patines. En la inmensa cocina, la madre y el padre se lanzan harina con la hija pequeña para hacer el delicioso bizcocho que en ocho años nunca han hecho. La vida confinada es divertida, y más con niños. Si no lo sabes ver, eres un amargado.

Imagino que los creativos publicitarios que están pariendo estos emotivos anuncios no tienen hijos. O a lo mejor los tienen. Pero viven en enormes chalets con empleadas internas que los cuidan. Esos ejecutivos que, en condiciones normales, salen de casa a las ocho de la mañana y regresan bien entrada la noche. Esos mismos que no han visto crecer a sus hijos, que en su vida han pasado una tarde con ellos, que jamás han encendido el ordenador para trabajar con ellos encima...  Esa gente nos viene a decir que seamos felices con nuestra prole y que disfrutemos del confinamiento porque jamás estaremos tan cerca de nuestros pequeños. Da igual que la mierda te llegue al cuello. Sé feliz.

Yo disfruto de mi hijo. Lo hago cada día, cuando le dejo en el colegio y se queda en las mejores manos del mundo (después de las mías y de las de su padre), profesoras que le enseñan, le cuidan y le quieren. Disfruto cuando me despido de él y comienzo mi propia vida. En mi caso, un trabajo que me apasiona. Gracias a la reducción de jornada y de sueldo -imagino que son términos desconocidos para los ejecutivos publicitarios- disfruto de él cuando juega con sus amigos en el parque. Cuando corre, salta, mete goles, se enfada y ríe. Disfruto de él cuando, a las ocho en punto, leemos un cuento y se queda dormido.

El confinamiento tiene mucho de puerperio, los 30 días posteriores al parto. Todo el mundo te da la enhorabuena, te sonríe y te dice que se te ve muy feliz y encantada con tu bebé. En algunos casos, es cierto. En otros muchos no. El puerperio es una época muy complicada donde las mamás están doloridas, desconcertadas, perdidas y solas. También los papás. Pero pocos lo admiten. Todos tenemos que decir lo bien que come el bebé, lo bien que se porta, lo enorme que está y lo guapísimo que es. 

Invencibles

Ya me perdonarán los creativos publicitarios, pero llevo un mes sin disfrutar de mi hijo. Le quiero, le abrazo y le digo que es lo más bonito del mundo. Me lo como a besos cuando tengo un ataque de llanto y me pone las manitas en la cara, me seca las lágrimas y me dice que todo va a salir bien. Y llama a su padre, que está en la cocina, para decirle que venga. Nos damos un abrazo los tres. Y por un minuto pienso que somos invencibles.

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Mi hijo es pesado como todos los niños pequeños. Pero también es bueno, prudente, responsable y empático. Es una gran persona. Si nada se tuerce, sé que lo seguirá siendo en el futuro. Yo, a veces, me doy por derrotada. Hasta aquí hemos llegado laboral y personalmente, pienso. Y más, con el coronavirus. Entonces le miro y caigo en la cuenta de que criarle no es un mal trabajo. Puede que yo esté acabada, pero él -quizá- termine siendo el cirujano jefe del Hospital de Cruces o el próximo Fernando Aramburu.

Así que voy a seguir criándole. Lo de disfrutar, lo vamos a dejar para cuando volvamos a La Vida (con mayúsculas, sí).