01 jun 2020

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IDEAS

Féretros en un aparcamiento, en Barcelona, estos días.

AP / EMILIO MORENATTI

Tan largas despedidas

Miqui Otero

Es especialmente injusto que estos días nadie pueda decir adiós con tiempo y con abrazos

Cantaba un amigo que cuanto más largas son las despedidas, más destinados están los que se despiden a seguir juntos o a reencontrarse. En realidad, el tema, que compuso tras volver a romper con una novia, era más bonito: "Son tan largas nuestras despedidas, que siempre sé que vamos a volver".

Por eso es especialmente injusto que estos días nadie pueda decir adiós con tiempo y con abrazos, sin prisa ni emojis. Que solo se les dedique un discurso a los famosos y no a los anónimos. Ahí va el mío. Para ti y para todos los que no se están pudiendo despedir.

Estoy en la trastienda de tu colmado de Campo Sagrado calcando un tebeo de 'Don Miki' en uno de esos papeles transparentes que usáis para envolver el jamón de york recién salido de la cortadora. Duele pensar ahora que eras tú quien me cuidaba en los ochenta cuando no podía ir al colegio porque estaba enfermo. Una gripe leve. Calco a Daisy, a Donald, a Pluto y a Goofy en esa habitación donde huele a naranjas y arroz.

Tu risa, ya lo sabía de niño, era más contagiosa que el acento regional más dulce y más dulce que un pastel de la Méndez. Habías abierto ese pequeño colmado al lado de tu casa sin ascensor, la primera que pisaron mis padres cuando llegaron por primera vez a Barcelona. No te iba mal, porque eras la mejor vendedora. Eras el tipo de mujer que podrías convencer a un calvo de comprarse un peine y, al mismo tiempo, eras el tipo de mujer que jamás le vendería un peine a un calvo, que no endilgaría a nadie algo innecesario.

Estabas acostumbrada a esperar con una sonrisa, porque tu marido trabajaba de camionero y encadenaba rutas y Marlboros y llamadas desde Sevilla o Logroño. Se te daba bien esperar e incluso adelantarte a los hechos. Años después, cuando una noche fui a cenar a tu casa con unos amigos, antes del primer sorbo de orujo repartiste Alka-Seltzers. Lo hiciste con una carcajada bailando en tu boca. Del mismo modo que intentabas que todo el mundo lo pasara bien en ese momento, no querías que nadie lo pasara mal al día siguiente. Así que te anticipabas incluso a nuestra resaca.

Si una camisa era fea, decías que era extremada y esa virtud tuya de ver las cosas por el perfil bueno se manifestaba en tu risa torbellino. Tal estrépito en tu carcajada que uno podría pensar que incluso Beethoven se había inspirado en ella para escribir 'Para Elisa': tú no te llamabas así, haría falta una letra antes de la E, pero es que Beethoven era duro de oído, así que sigo convencido de que te la quiso dedicar.

Siempre me decías que mi manía de escribir me venía de ti, que tenía una tía con mucha imaginación, muy cuentista. Y sé que querrías que ahora lo hiciera, que te escribiera. Y que me aferrara a ese recuerdo en el colmado, pero que lo rematara bien. Así, por ejemplo: un día del 86 o del 87 se acabaron los papeles transparentes del embutido y no podía seguir calcando. "Perfecto, felicidades, llegó el momento", dijiste, por una vez solemne. Volviste con una libreta de espiral de papel grueso: "Ya no tienes que calcar, cariño. Ahora dibuja lo que se te pase por la cabeciña". Eso he hecho. Gracias.

             

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