05 jun 2020

Ir a contenido

ANÁLISIS

Bartomeu, en una imagen reciente.

Una continuidad que debe venir de fuera

Albert Guasch

Bartomeu busca paz interna para encarar un último año complejo y Rousaud parece con sus críticas querer marcar perfil propio

Sepultado todo por la apabullante tragedia del coronavirus, parecía que no había tiempo ni espacio para ajustar cuentas sobre crisis que ahora se ven menores e insignificantes. Josep Maria Bartomeu, no obstante, no se olvidó de la corrosiva junta celebrada en Sant Just tras el estallido del escándalo de las redes sociales. Le pusieron a la defensiva, dudaron de su honestidad y quisieron imponerle un adelanto electoral en una dura reunión de casi seis horas. Salvó la rebelión, pero de ahí salió con la nota mental de deshacerse de directivos que consideraba desleales, algunos de los cuales él había introducido en la junta, más amargura si cabe.

Este diario adelantó el plan de la criba y puso en alerta a algunos directivos, pero llegó el virus letal, las prioridades cambiaron -rebajarle el sueldo a los deportistas, por ejemplo, como ahora el Madrid- y aquellas críticas internas perdieron su eco. Bartomeu, sin embargo, no se olvidó del desaire, ni de otras infidelidades posteriores, y el martes expulsó de su núcleo próximo a dos disidentes, Enrique Tombas y Emili Rousaud. Este último no se tomó muy bien el hachazo, a la vista de cómo se desahogó ayer por tierra, mar y aire contra el presidente, quizá una manera de forjarse un perfil ante las elecciones venideras. 

Reorientar los números

Es evidente que Bartomeu tiene por delante un año y pico de mandato bajo unas circunstancias sumamente complicadas. Los números de la tesorería se le agrietan sobremanera y debe reorientar la estrategia para presentar un balance limpio antes de abandonar el cargo. La plantilla reclama una buena sacudida en un mercado tan complejo que ni se sabe cuándo va a empezar ni terminar. Y el Espai Barça, su obra para la posteridad, se encuentra encallada a las puertas de lo más relevante, que es la reforma del Camp Nou. Todo ello busca abordarlo en un clima de confianza máxima y desbrozado de voces que no cohesionan.

El desahucio de Rousaud abre la vacante para liderar la candidatura continuista a poco más de un año de las elecciones. Nadie de los que quedan en la cúpula (Jordi Cardoner, Jordi Moix, Maria Teixidor, David Ballvé) llenarán el hueco, a no ser que Cardoner diera un giro de 180 grados a su decisión de apartarse de la carrera electoral. No parece lo recomendable: esta es una junta manchada, con las relaciones internas envenenadas y que transmite desgaste.   

Lo más probable, pues, es que el continuismo proceda de fuera. Un continuismo distanciado, entendido como tal un respeto al modelo actual de club, pero con una nueva cara al frente, una forma propia de hacer las cosas y con suficiente complicidad con Bartomeu. En todos los mentideros aparece el nombre de un Jordi Roche avalado por Sandro Rosell. ¿Es todo eso importante? Con la crisis mastodóntica que se cuece en el fútbol, la sucesión no le importa ahora ni al mismo Bartomeu