21 oct 2020

Ir a contenido

ANÁLISIS

Una doctora usa una mascarilla con una pegatina del mapa de china en la provincia de Jilin.

NG HAN GUAN (AP)

La mascarilla de la profesora Li

Georgina Higueras

Los asiáticos priorizan el bien común y aceptan que sus gobiernos rastreen sus móviles para contener el covid-19

Europa era reticente a ese control tecnológico, pero viendo el resultado ha abierto las puertas a seguir el método

Llegué a Pekín en septiembre de 1979 para estudiar un posgrado. Nunca antes había visto en la calle a personas con mascarillas. Conforme se fue adentrando el frío otoño se veían más, incluso mi profesora de chino, Li, que vivía en el mismo recinto universitario que nosotros, los estudiantes, se la ponía para un trayecto tan pequeño. Un día le pregunté qué le pasaba y me respondió: “No estoy enferma, solo protejo a los demás de mis miasmas, al tiempo que me protejo yo. Mejor prevenir que curar”. Me dejó desconcertada y lo atribuí a otra de las ‘rarezas’ chinas que estaba descubriendo, como beber solo agua recién hervida, también considerado algo muy bueno para la salud porque mata todas las bacterias. Cuando al año siguiente fui a Japón de vacaciones, encontré que algunas personas también las llevaban.

En el vacío denso y fatigoso que inunda las ciudades europeas en estos días de Pascua, se abren camino usos enraizados en las entrañas de la cultura oriental. Las enseñanzas de Confucio (551-479 a.C.), que han moldeado la civilización china y conformado la base del pensamiento ético-político y social de todo el este de Asia, contemplan al individuo como un elemento social obligado a cumplir una función para la colectividad y a defenderla por encima de sus propios intereses. En ese sentido, los gobernantes de China, Japón y Corea del Sur al enfrentarse al covid-19 no han dudado en imponer o simplemente recomendar a sus ciudadanos medidas draconianas que atentaban contra sus derechos individuales, pero servían al bien común.

Tras el asombro que produjo la decisión de Pekín de aislar totalmente la provincia de Hubei y a sus 60 millones de habitantes tanto de China como del resto del mundo, uno tras otro los gobiernos de buena parte del planeta han imitado la política china, basada en la supremacía del interés colectivo sobre el individual, que es la característica fundamental del ordenamiento social en la cultura tradicional china y la base de lo que considera su superioridad moral. Durante 25 siglos, el respeto a la línea de obediencia de una sociedad jerarquizada y con papeles diferenciados ha sido la clave para lograr que esa sociedad funcionase adecuadamente.

Orden, seguridad y estabilidad

La armonía y el orden, virtudes principales del confucianismo, sirven de elemento de cohesión a las sociedades del este de Asia, dedicadas desde la antigüedad al cultivo del arroz en países con poco suelo cultivable y donde la naturaleza revela con frecuencia su fuerza en forma de terremotos, tsunamis, inundaciones y tifones que exigen una respuesta grupal unida. Ambas forman parte del ADN de chinos, coreanos y japoneses, cuyo pensamiento también moldea la corriente legista, originaria del siglo IV a.C, empeñada en la imparcialidad de las leyes con el objetivo de garantizar el orden social, la seguridad y la estabilidad.

En la era de la tecnología y la inteligencia artificial, los gobiernos del este de Asia han recurrido a las técnicas más innovadoras para poner freno a la expansión del coronavirus, vigilar el cumplimiento de las normas dictadas para la emergencia y denunciar a los elementos discordantes que se resisten al orden social. Seúl, Tokio, Pekín y Singapur, al igual que Hong Kong y Taiwán, se han adueñado de los datos que almacenaban los móviles de sus ciudadanos para aislar a los contagiados y a sus contactos, detectar sus movimientos y alertar a otras personas de que tienen cerca a un contagiado.  

Además, Corea del Sur, China, Singapur, Taiwán y Hong Kong han impuesto a todas las personas que quieran entrar en sus territorios, inclusive a los residentes si salen y regresan, la obligación de descargarse una app con un código QR, en la que han de registrarse para estar geolocalizados y responder cada día a preguntas sobre su salud. Japón recurrió a pruebas de diagnóstico temprano y aislamiento forzoso de zonas con contenedores médicos equipados con rayos X y TAC para la detección de la enfermedad y separados de los hospitales para evitar el riesgo de contagio de estos. En China, la inteligencia artificial y los drones han jugado un importante papel de vigilancia tanto de la temperatura corporal de los ciudadanos como de las estrictas órdenes de confinamiento impuestas a la población.

Incertidumbres

Unos autoritarios y otros democráticos, ninguno de estos gobiernos ha solicitado  permiso a los parlamentos para rastrear los móviles y cruzar los datos de distintas instituciones con el fin de tener una visión clara de los afectados y de cómo se produjo el contagio. A su vez, la gran mayoría de sus ciudadanos no vio esas disposiciones como un menoscabo de sus libertades, sino como una actuación necesaria para garantizar la efectividad de las medidas de prevención y el éxito en el control de la epidemia.

En un mundo donde los cambios se suceden con una rapidez vertiginosa, lo que genera mucha incertidumbre, la gran mayoría de los habitantes de Asia oriental confían en la capacidad de sus gobernantes y sobre todo en el espíritu colectivo de sus sociedades para superar una catástrofe. Europa observó con enorme reticencia inicial el comportamiento de esos gobiernos, pero el miedo es enemigo de la libertad y frente al terror que genera la muerte se han abierto las puertas a las tendencias asiáticas.