Análisis

Sin miedo y sin la Stasi

Si de lo que se trataba era de suspender algunos derechos fundamentales para evitar el colapso del sistema sanitario, los queremos de vuelta cuando los indicios indiquen que eso ya es poco probable

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Agentes de la Policía Local realizan un control en la madrileña plaza de Castilla, el pasado viernes.

Agentes de la Policía Local realizan un control en la madrileña plaza de Castilla, el pasado viernes. / KIKO HUESCA (EFE)

No voy a descargarme en el teléfono móvil ninguna aplicación de geolocalización que me chive el estado de salud de las personas con las que me cruce por la calle. Tampoco voy a llevar un certificado personal de anticuerpos en el bolsillo para enseñarlo a los agentes de policía. Y menos aún esconderé mi narizota tras una mascarilla XXL por los tiempos de los tiempos. No voy a avalar con mis actos una dictadura, aunque su edificación se haga en nombre de la ciencia y con la pretensión de protegernos. Si el camino para salir de la cuarentena va por ahí cuéntenme entre los insumisos del 'no es no'.

Hemos aceptado sin debate un confinamiento que para muchos va más allá de lo razonable. Niños encarcelados de manera indefinida y adultos encadenados a un sedentarismo insalubre. Se trataba de no colapsar el sistema sanitario y que pudiera atenderse a todo el mundo. Muy bien, adelante, dijimos. Y aquí estamos, encerrados pacientemente en casa hasta nueva orden.

Pero no vamos a dar un cheque en blanco a los gobiernos para que nos conviertan en un rebaño manejado a gusto por gobernantes y epidemiólogos. El estado de alarma es una excepción en la que cada día cuenta, no una renuncia indefinida a nuestros derechos. Habrá que recordárselo, entre otros, al ministro de Justicia, que ha amenazado sin despeinarse el ejercicio de los derechos de libertad de expresión y opinión, así como el de la confidencialidad de los datos personales, particularmente relevante en lo que atañe a las historias clínicas de los ciudadanos.

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La improvisación y menosprecio con los que recibimos a la pandemia no se compensan convirtiendo la vida en común de pasado mañana en un corral de histerismo, miedo y desconfianza. Si de lo que se trataba era de suspender algunos derechos fundamentales para evitar el colapso del sistema sanitario los queremos de vuelta en cuanto los indicios -garantías no vamos a tener- indiquen que eso ya es poco probable que suceda. Ese es el trato, no otro. Esos indicios, aunque no se diga abiertamente por temor a que nos relajemos, ya están ahí. Así que deberíamos empezar a exigir que se nos explique cuál va a ser el camino de vuelta, cuántas estaciones va a tener y, sobre todo, que no implique que nuestras calles, plazas y avenidas se conviertan en un teatro de operaciones de la Stasi.

En febrero el congreso dio luz verde a la proposición de ley de la eutanasia para agilizar la reforma legal en favor de una muerte digna. Se nos cruzó de por medio el cisne negro del coronavirus y, según como vayan las cosas, de lo que acabaremos hablando es de cómo hacemos para mantener en pie los pilares básicos de una vida en libertad. Aunque no dependerá solo de los gobiernos. Al final será mucho más importante la decisión que tomemos cada uno de nosotros cuando, ante el espejo, nos preguntemos con cuánto miedo en el cuerpo queremos vivir nuestro futuro más inmediato. No es una invitación a la temeridad, pero sí a atrevernos a asumir el riesgo inevitable que comporta estar vivos.