06 jun 2020

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Reacciones a la pandemia

Más allá de los vídeos divertidos, ¿dónde están nuestras emociones?

LEONARD BEARD

Más allá de los vídeos divertidos, ¿dónde están nuestras emociones?

Gemma Altell

En este momento mágico donde la vulnerabilidad nos hace personas es cuando no debemos avergonzarnos de sufrir ni esconder el mal

Estamos viviendo una experiencia profundamente nueva para todos/as. Sin embargo, en lo que llamamos el primer mundo, nos está costando darnos cuenta de nuestra vulnerabilidad individual y colectiva; nuestra interdependencia. Como psicóloga tengo la oportunidad de acompañar a algunas personas en sus malestares emocionales durante el confinamiento. A menudo nos parece difícil aceptar que nuestras emociones y nuestro desconcierto vital tienen un papel importante en esta situación. Es curioso cómo los seres humanos nos refugiamos en una vorágine de actividades laborales, de ocio, sobreinformación, etcétera -cualquier cosa- para no tomar conciencia de cuáles son nuestros miedos y fantasmas reales. Pero a veces no lo podemos controlar, la realidad nos desborda y aparecen los dolores emocionales, sin pedir permiso, y hacen daño. En este preciso momento necesitamos de alguien que nos coja de la mano -por teléfono ahora- desde esta humanidad profunda, desde este reconocer que formamos parte de algo común.

En este momento mágico donde la vulnerabilidad nos hace personas es cuando no debemos avergonzarnos de sufrir ni esconder el mal. Es este momento en el que podemos mirarnos a los ojos y decidir si queremos aprovechar esta pandemia para descubrir la importancia de los vínculos, los amores, el cuidado, la sencillez, la modestia, la no acción, la escucha, la aceptación, la incapacidad de controlar toddo...

No paro de recibir vídeos y mensajes que muestran la creatividad de las personas durante el confinamiento, lo divertido que son los conciertos en los balcones o el cúmulo de normas que debemos tener en cuenta para llevar el confinamiento con el menor impacto posible en nuestra vida. Todas estas muestras de vida ofrecen una admirable capacidad de adaptación al nuevo entorno. Y yo, personalmente, me siento anestesiada ante tanta alegría de postal. Pienso y siento que cada confinamiento es diferente, que también está bien sentirse triste y que no ayuda la presión social hacia vivir un confinamiento 'modélico'.

Todo lo que sentimos está bien, todo es razonable. Habrá quien sea capaz de hacer ejercicio cada día y necesitará normas horarias diarias para subsistir. Otras personas no podrán o no querrán y preferirán hacer ejercicio sólo cuando 'el cuerpo se lo pida'. Habrá quien necesite trabajar mucho en casa o al que le cueste concentrarse. Lo importante es ser conscientes de que cada uno de nosotros tenemos nuestras estrategias para soportar, como podemos, nuestras emociones. Pero que están, siempre. Estamos viviendo un duelo colectivo, duelo por nuestra vida cotidiana, duelo por las personas que mueren o enferman, duelo por un planeta que reclama a gritos cambios que permitan subsistir a las próximas generaciones. A veces tanto ruido exterior no permite escuchar la voz interior. No quiero decir que tengamos que estar tristes pero, a veces, la realidad es triste y comprender esta tristeza, mirarla a los ojos y luchar por remontarla es lo que nos permitirá crecer como especie.

Estos días siento personas que se disculpan por llorar, por emocionarse ante las iniciativas solidarias o llorar por los niños y niñas confinados o por los espacios personales perdidos. Podemos sentir que no nos podemos permitir llorar ahora, hay que estar fuertes y "resistir" pero resistir también es llorar y sentir. No es necesario disculparse; quien llora entiende, siente, vive.

Esta mirada del mundo es el feminismo para mí. Llegar a la convicción, por ejemplo, de que podemos vivir con menos. Tomar conciencia de que resistir tendrá que ver con preservar lo importante; que no es nuestro estatus, nuestra posición profesional o nuestro ego. Sino que, básicamente, solo nos tenemos los unos a los demás, que cada uno de nosotros no podremos salvar el mundo si no vamos de la mano de otras personas; que aunque intentamos intelectualizar todo lo que nos está pasando siempre llegará el momento- quizás pasado el confinamiento- en que nos sentiremos diferentes. Nuestra identidad será otra cuando acabamos, ya no seremos los mismos. Habremos mudado la piel, aunque nos dé miedo. Y aquí sí, será importante que veamos que vivimos en el privilegio, que en este primer mundo ahora estamos muy asustados porque nos creíamos imperturbables e invencibles y por eso hacemos ruido, para no escuchar nuestra voz interior, profunda que nos recuerda más que nunca que somos solo una gota más en el océano. Nada más ni nada menos.

*Psicóloga social. Fundadora de G360.
 

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