30 sep 2020

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Editorial

Datos personales, salud pública

Un policía revisa documentos durante la cuarentena por coronavirus en Argentina.

Un policía revisa documentos durante la cuarentena por coronavirus en Argentina. / EFE

Resulta inquietante la potencial capacidad de control de las nuevas tecnologías en días tan complejos y las tentaciones a usar este instrumento para lograr un control efectivo de la epidemia del covid-19, sobre todo cuando el confinamiento se empiece a relajar. En España de momento se han puesto en marcha iniciativas de distintas administraciones, con o sin participación privada, como apps específicas para el autodiagnóstico y proyectos de seguimiento mediante geolocalización del móvil. En principio todas ellas con garantías de anonimato, aunque algunas rozando ya el límite de la protección de los datos de salud personales.

El despliegue de estas posibilidades conduce inevitablemente a que se consolide la duda de si la lucha contra el coronavirus puede facilitar la intromisión en el derecho a la privacidad de los ciudadanos, y cuáles son los limites para las restricciones de la libertad de movimientos que ya hemos asumido como necesarias. Los riesgos ahí están, y el debate público es tan necesario como ineludible porque, superado el estado de shock, será preciso determinar cuál será en el futuro el uso y la aplicación de estas herramientas. La ley española de protección de datos y el reglamento general de protección de datos, vigente en la UE, fijan los límites y establecen toda clase de cautelas. Pero la tendencia a establecer mecanismos de control de todo tipo ha crecido sin cesar desde los atentados del 11-S. Un fenómeno agravado por el modelo asiático de seguridad –sanitaria y civil–, difundido por China, y asumido en otros países con un concepto de las libertades individuales menos garantista que el europeo.

En nuestro mismo entorno, en el núcleo de las convicciones más arraigadas en los programas de la extrema derecha figura la propuesta de ofrecer más seguridad a costa de constreñir la libertad. Se trata de una falacia, porque no hay nada más inseguro que la falta de libertad individual y colectiva. Es bueno recordarlo sin que ello apunte a dudar de las intenciones que animan hoy a los gobiernos europeos, enfrentados a un desafío de proporciones planetarias, sino a promover la discusión sobre la preservación futura de la democracia tal como la conocemos.