31 may 2020

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Editorial

50 años de movimiento vecinal en Barcelona

La ciudad ha redescubierto, incluso estando confinada, el valor de lo colectivo, y ese compromiso será necesario para volver a ponerla en pie

Ocupación vecinal del Ateneu Popular de Nou Barris, en 1977.

Ocupación vecinal del Ateneu Popular de Nou Barris, en 1977. / ARCHIVO

Allá por 1970, dio sus primeros pasos estructurados el movimiento vecinal reivindicativo de Barcelona. Fue vehículo de participación política durante los últimos años de la dictadura y la Transición, pero siguió teniendo un papel clave en la construcción de la ciudad que conocemos. La reivindicación de servicios públicos, entonces a niveles básicos (transporte, escuelas, ambulatorios, zonas verdes), ha seguido vigente hasta hoy mismo en la reclamación de un sistema educativo y sanitario público de calidad, la defensa de los intereses de los vecinos afectados por las transformaciones urbanísticas y el mantenimiento de una visión crítica de la evolución de una ciudad que en más de una ocasión pecó de autocomplacencia en su éxito.

Ese movimiento vecinal tradicional, a menudo con notables dificultades en su relevo generacional, a veces protagonizó o estuvo en la raíz de las respuestas a nuevos retos de las últimas décadas, y fue un freno a reacciones insolidarias. En ocasiones, la adaptación a estas nuevas realidades (las redes de solidaridad ante la pobreza extrema, la respuesta ante la emergencia habitacional, la acogida de los inmigrantes, el impacto en los barrios de turismo) tuvo que venir desde nuevas formas de participación o asociacionismo ciudadano. Otros intereses (en el ámbito del comercio, la restauración y la hostelería) han encontrados también en el asociacionismo vías para participar en el debate ciudadano.

En la Barcelona que vive el embate del coronavirus, la naturaleza de la emergencia en que vivimos y las condiciones mismas del confinamiento generalizado no facilitan la movilización asociativa precisamente. Pero está siendo más crucial que nunca la actividad de todo el tejido de ayuda a los colectivos más precarios, así como las redes de apoyo vecinal y familiar más cercanas. En la ciudad que deberá volverse a poner en marcha quizá algunas movilizaciones que parecían cruciales dejen de serlo. Pero también se habrá redescubierto durante el tiempo que vivimos el valor de lo colectivo. El compromiso en la defensa de la sanidad pública, el derecho a la vivienda y el acceso de los colectivos que salgan más desamparados de este terrible embate, será, por desgracia, más vigente y necesario que nunca.