25 may 2020

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IDEAS

La Quinta avenida de Nueva York, este jueves, casi desierta por el coronavirus. 

EFE / PETER FOLEY

Las ciudades invisibles

Jordi Puntí

Hace unos días, en casa, mi esposa dejó caer esta reflexión: nunca antes habíamos tenido la certeza de que todos nuestros amigos y familiares, en este momento, están encerrados en casa. Esta imagen de intimidad más o menos previsible, un poco orwelliana, es el contrapunto de otra que estos días se repite: las calles vacías en las grandes ciudades, con sus lugares emblemáticos sin que nadie los visite o siquiera pase a su lado. Cuando veo alguno de estos lugares que me resulta cercano y querido, porque allí pasé largo tiempo, al instante viajo hacia sus calles y me imagino como es el confinamiento de su gente, de mis amigos, y cómo sería si yo también viviera allí ahora mismo. Es una especie de nostalgia rara, que nace quizá del dolor compartido.

Con la muerte de William B. Helmreich por cororavirus se pierde un tesoro de memoria personal de Nueva York 

Me ocurre con Nueva York, por ejemplo, muy tocada por la pandemia. Esta semana el covid-19 se ha llevado a William B. Helmreich, de 75 años, que fue profesor de sociología y autor de un libro precioso: 'The New York Nobody Knows'. Durante años, Helmreich recorrió a pie cada centímetro de la ciudad –más de 9.000 kilómetros–, hablando con la gente y tomando nota de las curiosidades que veía, y luego lo relató con gran viveza. Abrir el libro por cualquier página es como pasear por el Bronx, Queens, Brooklyn, Manhattan o Staten Island. Con la muerte de Helmreich, pues, se pierde también un tesoro de memoria personal.

De una gran devoción por esa urbe, como un alimento para nuestra nostalgia, surgió también 'Barrios, bloques y basura', el homenaje de la ilustradora Julia Wertz que ha publicado Errata Naturae. Se trata de un volumen gigante, hipnótico, en el que Wertz cura su añoranza a través del dibujo. Algunas páginas reconstruyen historias urbanas del pasado, poco conocidas, pero la mayoría son puros retratos en tinta de los lugares que ella frecuentaba. Wertz nos muestra las fachadas de los edificios, tal como eran en los años 20 del siglo pasado y en la actualidad. Vemos interiores de casas, comercios que han dado vida a los neoyorquinos, un repaso a sus librerías, y los vemos sin gente, vacíos –tal como los imagino ahora–. Pero el aliento de vida se lo da cada trazo de la autora y su amor por Nueva York. 

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