Opinión | MIRADOR
LUIS MAURI
Un tótem frente a la pandemia
Un valor, al menos uno, es probable que quede grabado al fuego en la memoria colectiva de las generaciones del coronavirus: el inapreciable valor de la sanidad pública

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Nos miramos, aún estupefactos, en el espejo del confinamiento. Solos, desnudos, expulsados de los carriles del tiempo y el espacio. Escudriñamos el reflejo en busca de un indicio, una profecía sobre el mundo que vendrá después de la pandemia.
Los muertos siguen contándose por centenares cada día. Los sanitarios trabajan hasta la extenuación y en muchos casos sin la protección necesaria. Las <strong>ucis </strong>están saturadas en Catalunya, Madrid y otras comunidades. Faltan respiradores para asistir a los enfermos. Algunos geriátricos son pabellones de la muerte. Abundan funerales sin duelo ni despedida. Un vecino descubre una súbita vocación de inquisidor de balcón. Otro llama un día al timbre y te deja en la puerta una lasaña, una olla de pisto y una barra de pan.
Los investigadores y los médicos ganan conocimiento día a día. Las autoridades sanitarias dictan, modulan y corrigen medidas, con frecuencia tarde: el virus va por delante. Cientos de miles de trabajadores son despedidos temporalmente. Muchas empresas arriman el hombro en la industria de guerra sanitaria. Algunas otras intentan sacar tajada de manera fraudulenta. La política más espuria se arroja en busca de botines indecorosos. El odio refulge en los ojos de las jaurías digitales.
Doble contienda
Los gobiernos libran a tientas una doble contienda. Contra un virus letal y desconocido hasta ahora, y contra el colapso de la economía globalizada. La batalla sanitaria es conminatoria e inaplazable. La económica no lo es menos. Salir diezmados de la pandemia para caer luego en las garras de la depauperación sería elevar la calamidad al cuadrado. Las políticas de emergencia se enfrentan a dos vectores antitéticos. La síntesis de estas dos dimensiones contradictorias puede ser diabólica.
No hay consenso entre los pensadores sobre cómo será el mundo después de la pandemia, ni siquiera acerca de la idea de que vaya a ser distinto del actual. Un valor, al menos uno, es probable que quede grabado al fuego en la memoria colectiva de las generaciones del coronavirus. El inapreciable valor de la sanidad pública.
Deidad inviolable
Consumida por una década larga de recortes draconianos, la sanidad pública podría emerger de esta crisis como un tótem social. Una deidad suprema e inviolable. Al escribir estas líneas, la cifra de víctimas mortales del virus se acerca a 8.000 en España. Al leerlas, seguramente habrá rebasado esa cantidad. ¿Alguien puede imaginar de cuántos fallecimientos estaríamos hablando hoy mismo si, pese al austericidio de los últimos diez años, no hubiera habido un sistema sanitario público de primer nivel para parar el golpe?
La Comunidad de Madrid, distinguida durante una década por la privatización y la merma de su sanidad pública y por una agresiva política de rebajas fiscales, organiza una colecta contra el virus. En 24 horas reúne 4,5 millones de euros. Una generosidad loable, la de los donantes, pero la salud pública no se sostiene sobre la caridad. Los impuestos construyen una base financiera sólida, estable, ecuánime y equitativa. La limosna, no.
Nos miramos, aún estupefactos, en el espejo del confinamiento. ¿Qué vendrá después?
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