11 ago 2020

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Editorial

La vulnerabilidad agrava la pandemia

La sensación de abandono se adueña de los escenarios de la pobreza, donde la debilidad agrava los efectos de una situación excepcional

El Periódico

Musulmanes palestinos se protegen con máscaras durante el sermón del viernes, en Khan Youinis, Gaza. 

Musulmanes palestinos se protegen con máscaras durante el sermón del viernes, en Khan Youinis, Gaza.  / ASHRAF AMRA (APA)

La extensión de la pandemia en todas direcciones deja al descubierto la vulnerabilidad de las sociedades con sistemas de salud y de protección social muy débiles cuando no inexistentes. Gran parte de los países de Asia, África y Latinoamérica carecen de los medios para paliar los efectos del mal. Los campos de refugiados son medios especialmente propicios para que avance la enfermedad sin control; es imposible que el Gobierno indio pueda confinar en sus casas a 1.300 millones de personas, de las que decenas de millones viven en condiciones de precariedad absoluta; es inquietante que el coronavirus haya llegado a la paupérrima franja de Gaza, donde se hacinan dos millones de personas en un paisaje devastado; es inimaginable que surta efecto el llamamiento a la tregua mundial hecho por la ONU y apoyado por el Papa. Los obstáculos son enormes en demasiados lugares para que sea posible combatir la enfermedad con prontitud, eficacia y el mínimo coste posible en vidas.

Mientras Estados Unidos, la Unión Europea, el G-20 y otros foros del primer mundo discuten la forma más adecuada para vencer la curva de propagación, garantizar el suministro de material sanitario y procurar respiración asistida a economías paralizadas, la sensación de abandono se adueña de los escenarios de la pobreza. Una vez más, la debilidad agrava los efectos de una situación excepcional sin que, por lo demás, la comunidad internacional tenga capacidad de reacción para acotar la crisis allí donde no hacen falta las estadísticas para sospechar que se manifiesta con gran crudeza.

Estos días se repite a menudo que nada será igual después de la pandemia. Esa promesa de cambio o de revisión del reparto de papeles en la sociedad del siglo XXI debería alcanzar para atenuar la desprotección de los más débiles, cuyo futuro depende casi siempre de iniciativas privadas, de la abnegación militante de oenegés y particulares que, muchas veces con riesgo extremo, suplen la falta de compromiso con los más vulnerables en una comunidad global radicalmente dual.