11 ago 2020

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Análisis

Pedro Sánchez, durante la rueda de prensa en la Moncloa de anoche.

EFE EPA/MONCLOA PALACE PRESS OFFICE

Pedro Sánchez, ante la abrumadora realidad

Jordi Mercader

El presidente del Gobierno prometió "hacer lo que haga falta" para vencer al virus y el paso de los días ha precisado el significado real de aquella proclama: "hacer lo que se pueda"

Pedro Sánchez prometió “hacer lo que haga falta” para vencer al virus y su herencia económica, optando por echarse España a los hombros con la declaración del estado de alarma. El paso de los días ha precisado el significado real de aquella proclama:  “hacer lo que se pueda”. No es lo mismo, aunque se persiga con determinación la improbable coincidencia de resultados. La realidad ha quedado certificada con el decreto del “permiso retribuido recuperable” para las actividades no esenciales durante las jornadas laborales que restan hasta después de los festivos de Semana Santa. Es la variante del cierre total propia de un estado que cedió hace mucho tiempo a la Unión Europea el principal atributo de la soberanía, la capacidad de amonedar.

El presidente del Gobierno está ya instalado en la abrumadora realidad a la que suele referirse en sus comparecencias. Inicialmente debió creer que el Estado podía reinventarse con un decreto que perseguía el “uno mejor que 17”, pero quedó atrapado en la complejidad del Estado autonómico, en detrimento de la dirección emocional y política del país. En sus discursos se refleja esta tendencia en la que se impone la figura del dirigente tenaz, convencido de ganarle a la crisis, a la imagen del líder de una nación. Eso no implica que no lo intente. Su apelación al “unidos saldremos adelante con sacrificios  y resistencia”, recuerda a Churchill. No es su  natural e inevitablemente trasciende ante quienes en una incertidumbre agobiante buscan acomodo en la fuerza protectora del estado y acaban descubriendo los síntomas de debilidad del mismo .

El Gobierno central improvisa un plan parecido al de los países del entorno; y se encomendó al principio de las compras centralizadas, confiadas al Ministerio de Sanidad, una maquinaria oxidada después de tantos años sin competencias. Así se ha visto envuelto en un doble frente interior. El de mayor hostilidad es el de la Comunidad de Madrid, allí se libra una batalla ideológica por las consecuencias del recorte del estado de bienestar; un enfrentamiento PSOE-Unidas Podemos contra el PP y Vox de connotaciones electorales.

La explicación del pulso con el Govern de  Torra es la de siempre. La Generalitat quisiera estar gobernando un estado y el Estado le ha aplicado la jerarquía vigente. Torra se ató al mascaron de proa del cierre total de Catalunya y Sánchez ha acabado por decretar el cierre de toda España. Aquí la cohesión de las dos Catalunyas distanciadas es tan sólida que no se atisban modificaciones en el empate técnico imperante; nadie atiende a ninguna razón que no sea la de los suyos. 

Sánchez ya está en el escenario exterior europeo en el que él “es uno de 27”, donde se juega el futuro del país y también el de su Gobierno.  En este frente ha pronunciado el mejor discurso, el de su negativa a dar por bueno ningún consenso que no cumpla con las exigencias de los miembros más endeudados de disponer del dinero suficiente para pagar las facturas. Un gesto de firmeza de resultado incierto.