Días de montaña rusa emocional

Apartamiento de la muerte

Confinados parece que la existencia se haya encogido pero todo esto pasará y saldremos con un hambre voraz, hambre de vida

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Apartamiento de la muerte

MARÍA TITOS

No sé qué me pasa. El confinamiento no me inspira para ponerme a dar un curso 'on line' de lo que sea que sepa hacer ni para componer canciones ni escribir una novela sobre epidemias en dos días. Admiro sinceramente a quienes son capaces de vencer el miedo y la tristeza y consiguen sacarle provecho a una situación tan extraña. Por no hablar del tiempo (el mismo de siempre) en el que tenemos que encajar un cúmulo de tareas que antes nos repartíamos entre más personas. Yo me he rendido y he decidido que haré lo que pueda y lo que sea prioritario. No puedo aprovechar para descansar, teletrabajar, hacer de maestra, animadora infantil, limpieza de primavera, yoga cada mañana, aprender un nuevo idioma o a tocar un instrumento, pasar toda la vida social al modo virtual y encima hacer un 'detox' de primavera. Leer todos los libros pendientes, ver todas las series, todo manteniendo horarios y rutinas para no perder la cabeza. No deja de sonar el “no pares, sigue, sigue”. Pues no, esto no es ni una fiesta, ni unas vacaciones ni un retiro espiritual.

Hago lo que he hecho siempre en situaciones de gran angustia, agarrarme al asidero de siempre: la lectura. Para aprovechar el tiempo no, para abrir ventanas, enormes ventanales a otros mundos, otras vidas descritas por los innombrables autores con los que comparto despacho. Me siento así acompañada y resguardada aunque me cueste concentrarme. Releer, en este caso, es volver a casa. Como seguir escribiendo, no abandonar el impulso a pesar del cielo gris que cubre ahora mismo Barcelona (un cielo limpio y una ciudad en silencio como no la hemos tenido nunca). Las múltiples vías de comunicación son tremendamente útiles, imprescindibles para la supervivencia mental y emocional pero a ratos acaba saturando recibir tantos mensajes. Saber que estamos bien los que estamos bien de forma instantánea es una gran cosa. Pero recomendaciones de libros sobre pandemias, textos que no se acaban nunca o teorías de la conspiración, todo eso no sé si ayuda. Sí que más que nunca es importante que la fuentes de información sean fiables. Bastante duro es estar encerrados como para que nos dejemos intoxicar con falsedades o manipulaciones. 

Echar de menos a los desconocidos

Pero no lo voy a negar: son días de montañas rusas emocionales. Indignación, enfado, humor negro, pasotismo, preocupación, dudas existenciales, etc. Y a continuación una tristeza rara que creo que no me puedo permitir porque no tengo a nadie cercano enfermo. Es para quienes no pueden despedirse de sus familiares, la tristeza. Será por el aislamiento, la sensación de estar mucho más lejos de los demás, más lejos incluso de lo que el distanciamiento social obliga. Yo no tenía conciencia de necesitar tanto la presencia de otras personas. De los míos sí, me duele en el cuerpo estar lejos de los que quiero pero ahora a quienes echo de menos es a los desconocidos, su proximidad anónima cuando en el súper no tenía que mirarlos como posibles enemigos portadores de un virus mortal. Van con la boca tapada y aunque no tenga nada que ver, no sé si será herencia cultural o qué, evito mirarles a los ojos. Pero siempre lo hemos hecho, ¿no? ¿No mirar demasiado a los desconocidos? ¿Por qué ahora parecen más desconocidos que nunca? No lo sé, pero el hecho de tener que mantener la separación me provoca la sensación de estar viviendo una distopía oscura, algo así como un autoritarismo sanitario.

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Y se han reavivado antiguos fantasmas, fantasmas de otros confinamientos, los de por vida. Mi madre salía de casa una vez a la semana y para ir a comprar. ¿Cómo pudo soportarlo? ¿Le bastó con ser educada en el encierro por razón de sexo? ¿Estamos hechos para el confinamiento? Ella miraba mucho por la ventana, a pesar de que, como en el refranero español, había dichos que alertaban sobre las mujeres que tenían tal costumbre. Cada visita que recibíamos era una fiesta. Un torrente de relatos y noticias, la prueba viviente de que otro mundo existía allí afuera, más allá del día a día de levantarse, limpiar, cocinar, rezar, dormir y vuelta a empezar al siguiente exactamente igual. Puedo sentirme afortunada: mi confinamiento es temporal y por motivos sanitarios de peso, no por una moral de discriminación.

Puede que esté algo sentimental (no sé si es una de las fases del proceso que estamos viviendo) pero no puedo escribir poemas ni canciones. Lo que quiero es volver a pisar las calles y tomarme el aperitivo en la plaza, ver corretear a los niños detrás de las palomas y que se acabe este cielo gris insoportable. “Todo en todos los hombres no es otra cosa que apartamiento de la muerte” dice el protagonista obsesivo de 'Sí' de Bernhard. Pues sí, continuamente estamos abrazando la vida y huyendo de la muerte. Disfrutándola, devorándola, siguiendo, creando, amando, comiendo y bebiendo. Confinados parece que la existencia se haya encogido pero todo esto pasará y saldremos con un hambre voraz, hambre de vida.