07 abr 2020

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Drmas y serenidad

Historias de la Barcelona confinada

ANTHONY GARNER

Historias de la Barcelona confinada

Eva Arderius

Las miradas fulminantes van que vuelan. Odiamos muy fuerte a los que compran demasiado papel higiénico, a los que se nos acercan excesivamente y a la señora que ha salido con los guantes rosas de fregar los platos

Primera semana (y media) de la era d.C. (después del coronavirus). Estas son ocho historias de la Barcelona confinada. O semiconfinada.

Los taxis funcionan. Cojo uno. El taxista es de origen paquistaní, va con mascarilla. Me lleva por una Barcelona sin tráfico. Cuando acaba el trayecto me dice “¡Ponme estrellas, por favor!”. Le pongo cinco, la máxima puntuación en la App donde lo he pedido. Yo también voy a trabajar y sé que no es fácil estos días.

En el taxi he escuchado un testimonio que me ha hecho pensar. En Rac1 entrevistan a una señora de Sants, la Maria, de 88 años. Le preguntan si le preocupa que la gente mayor sea la más vulnerable. Su respuesta me deja helada. Con toda la serenidad del mundo y sin nada de dramatismo dice que no, que le preocuparía mucho más si fueran los jóvenes. Nosotros, dice, ya hemos hecho toda una vida.

Llego al trabajo, a la tele, a Betevé. Las obras de delante todavía funcionan. Dos trabajadores se refugian de la lluvia dentro de la furgoneta. No llevan ni mascarilla, ni guantes. Parece que el coronavirus no les asusta y parece que no han tenido demasiada opción de escoger quedarse en casa. No son los únicos. En la tele, la mujer de la limpieza trabaja más que nunca. Mascarilla y guantes. En la redacción hacemos broma con nuestro tele-trabajo.

Malditas colas. No tanto por la espera sino porque este virus no ha creado una extraña aversión contra el resto de humanos. Nos ha hecho más asociales. En el súper han pintado rayas rojas para que los clientes respeten la distancia de seguridad mientras esperan. Siempre hay quien no las ve y se te pega demasiado. Las miradas fulminantes van que vuelan. Odiamos muy fuerte a los que compran demasiado papel higiénico, a los que se nos acercan excesivamente y a la señora que ha salido con los guantes rosas de fregar los platos. Por si fuera poco, a un señor le han robado el carrito vacío que había dejado en la entrada y ahora no sabe qué hacer con la compra. Le preocupa dónde encontrar otro nuevo, con todo cerrado. ¿Primeros actos de pillaje? Dramas del súper.

Leo que se paran los desahucios. Pienso en algunas de las familias de Ciutat Meridiana. Las imagino confinadas en el piso que pronto tendrán que dejar. Mirando por la ventada o desde el pequeño balcón. Seguro que ven la Meridiana, la autopista y los trenes más vacíos que nunca. A ellos el coronavirus les ha provocado sentimientos contradictorios. Por un lado les preocupa el trabajo, por el otro, el virus les ha traído unos días de tranquilidad. La orden de desahucio prevista para esta semana no llegará. De momento y mientras dure la pandemia tienen casa. Filiberto Bravo, de la asociación de vecinos del barrio, teme que una vez acabe el estado de alarma se acumulen todos los desahucios previstos. No darán abasto.

Tampoco debe ser fácil confinarse en un piso donde no se cabe. En Ciutat Vella, una familia recién llegada vive en la habitación que alquiló hace unas semanas. Es difícil seguir las recomendaciones de no salir y de mantener las distancias sociales en tan poco espacio. Los del Casal dels Infants del Raval me cuentan que llaman a las familias para asegurarse que están bien. Las escuelas están cerradas, hay que garantizar que nadie, sobre todo los niños, se queden sin las comidas de las becas comedor.

No tiene problemas de espacio el trabajador de una empresa con mil proyectos en marcha y que vive en Sarrià-Sant Gervasi. Me lo imagino en una casa grande, con un poco de jardín. Acaba de salir a fumar y estirar un poco las piernas. Entra de nuevo y respira profundamente mientras se deja caer en el sofá. Mira en las redes sociales la actualización de las cifras de infectados como si mirara una gran tormenta a través de la ventana, se siente protegido. Se encuentra bien y está bien en casa. No puede hacer nada de lo que tenía previsto. Tiene el sueldo garantizado pero de repente tiene menos trabajo que nunca. Mira la agenda de los próximos días. Está en blanco. Hace una semana iba de culo. Nunca más volverá a tener tantas pocas cosas que hacer ni tantas pocas preocupaciones. Piensa que almorzará hoy y comprueba que todavía le quedan reservas de papel higiénico. Qué gusto tener 15 días por delante de descanso mental. ¿Es el único del mundo a quien el confinamiento no le parece tan mal?

Uno de los nuevos casos que engrosan la cifra de infectados y que acaba de leer el vecino de Sarrià en su móvil es una vecina del Eixample. Está grave y su hija vive una auténtica pesadilla. Nunca piensas que las desgracias colectivas te van a afectar a ti, dice la chica. Le angustia mucho pensar que su madre puede morir sola en el hospital. Lo único que la calma es salir al balcón, cada día a las ocho, para aplaudir muy fuerte al personal sanitario que admirará ya para siempre.