31 may 2020

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Editorial

Preocupación máxima en Estados Unidos

La inacción de la Casa Blanca se suma a la limitada capacidad de un sistema sanitario basado en seguros privados y a la desprotección social

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca. / AP

El plan de ayuda –histórico en su envergadura– de dos billones de dólares aprobado por el Senado de Estados Unidos es sin duda una acción positiva para hacer frente a la parálisis económica  que afronta el país por el coronavirus, pero no encubre la vulnerabilidad de un sistema sanitario y de protección social tan deficiente que, según la OMS, puede convertir a la superpotencia en el territorio más afectado por la pandemia. Ni las advertencias de diferentes foros ni los análisis difundidos por los medios lograron vencer la suficiencia con la que Donald Trump afrontó el problema hasta hace muy pocos días. Durante semanas, mientras en Europa se multiplicaban las señales de alarma, la Casa Blanca se mantuvo impasible y dio tiempo a que la enfermedad progresara hasta la preocupante realidad de hoy, con las estadísticas de contagio disparadas y la ciudad de Nueva York a un paso del desastre.

Desde que llegó a la presidencia, Trump ha mostrado una incapacidad manifiesta para aceptar la realidad, prestar atención a los expertos y escuchar a la comunidad científica. La pandemia no ha sido una excepción. Es de sobra conocida la limitadísima capacidad de respuesta de una sanidad basada en seguros privados, que deja sin cobertura alguna a decenas de millones de personas, y es igualmente conocida la desprotección casi generalizada que impera en el mercado laboral estadounidense. Pero la demagogia presidencial ha soslayado esos datos hasta que se ha impuesto la realidad de un auge imparable de los contagios y de un mecanismo de respuesta inadecuado, todo pronosticado  por los científicos.

Aún hoy insiste Trump en que el remedio –el coste económico de confinar a la población y limitar la actividad a los sectores imprescindibles– puede ser peor que la enfermedad. Una opinión tomada con la misma ligereza que otras muchas que pespuntean su mandato, entusiasman a parte de su electorado y, en este caso, revelan su falta de tacto para guardar el respeto debido a las víctimas y a sus familias. Una declaración de principios moralmente indefendible cuando el alcance de la pandemia se concreta cada día en un parte de muertes que en Estados Unidos puede sobrepasar toda previsión.