07 abr 2020

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IDEAS

Valentina, ujier en el Congreso, desinfecta el atril tras una intervención de Pedro Sánchez, el 18 de marzo.

MARISCAL / EFE

Mi tía Maruxa y los discursos

Miqui Otero

Ver el mundo a través de nuestros seguidores de Twitter es cuanto menos limitado y prejuicioso y, si me apuras, soberbio e imbécil

Que casi todo lo malo que nos pasa es por salir de casa lo dijo un matemático francés del siglo XVII, lo cantó Fran Nixon en el 2015 y lo tenemos todos más claro que nunca estos días. Pero mi tía Maruxa lo ha sabido desde siempre.

En sus muchas décadas de vida, casi no ha salido de la casa donde nació, en una aldea de la costa de Lugo. Trabajó toda su vida cosiendo pantalones en su garita, puerta con puerta con la cuadra, para los señores que los recogían en la 'boutique' de un pueblo a cuatro kilómetros de distancia, donde ahora se ha detectado el primer positivo de coronavirus de la provincia. Luego cuidó de sus padres hasta que murieron. Y allí sigue sola en una casa vacía que ella vio llena. Pese a no haber estudiado, siempre se rigió por el calendario escolar, ya que era en Navidad y en verano cuando podía disfrutar de nosotros.

Siempre me gustó tanto su estoicismo, entre perneras de pantalón y pienso para las gallinas, como su forma de conjugar los verbos: en pretérito indefinido, como si todo lo malo que pasa, o que ha pasado, o que acaba de pasar, ya hubiera quedado atrás. Ya pasó. Estuve un poco mal. ¿Comiste este mediodía? Me puse nerviosa.

No la busquéis en Twitter, porque no tiene. La encontraréis enganchada permanentemente a las tertulias de política: podría darle un baño con poquísimas palabras a más de un tertuliano, aunque quizás optara por dejar pasar el turno al mínimo grito. Dicen que el fascismo se cura viajando, pero a ella no le ha hecho falta moverse para ser intuitivamente antifascista. Su capacidad visionaria alcanzó cimas paranormales cuando surgió Podemos y ella manifestó con verdadera convicción que votaría a Pablemos (nunca supe si era un lapsus lingüístico, un chiste con retranca gallega o su forma de subrayar muy sutilmente un exceso de liderazgo).

La llamé hace unas horas, después de uno de los discursos presidenciales. Había leído un tuit de Ignacio Pato, donde hablaba de hasta qué punto algunos discursos iban dirigidos a aquellos que solo se informaban, y se tranquilizaban o no, por lo que veían en la tele generalista. Nada, más allá de nuestra relación, parecía unir verdaderamente mi mundo en Barcelona con el suyo, en su aldea. Pero me explicó que el conductor del camión de reparto (ya no hay tiendas ni bares allí) maneja el volante con guantes de látex y las visitas entre vecinas se han reducido y mantienen el protocolo de la distancia. También me dijo que tiene la tele encendida, esa tele sobre la tabla de formica sobre la nevera donde yo me medía verano tras verano, todo el santo día, porque "hay que estar informada". Cuando hablamos de nosotros también hablamos de ella. Cuando criticamos ciertas formas debemos pensar que no todo el mundo está en nuestro 'timeline'. Es más, que ver el mundo a través de nuestros seguidores de Twitter es cuanto menos limitado y prejuicioso y, si me apuras, soberbio e imbécil.

Cuando debatimos lo común entre todos, en definitiva, debemos hablar especialmente de aquellos a los que no se escucha y están solos y quizás tengan más que perder y que decir que nosotros. Especialmente con todo esto que pasa, que ha pasado, que pasó.

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