05 ago 2020

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análisis

Una pareja ante el monumento de los Anillos Olímpicos, frente a la sede del Comité Olímpico de Japón.

EFE / FRANCK ROBICHON

La premonición del zika

Albert Guasch

Un par de meses antes de los Juegos de Río- 2016 los deportistas seguían con aprensión las noticias sobre un virus con mala pinta, el zika. Pau Gasol fue de los más exclamativos al proclamar que dudaba sobre si asistir a la cita olímpica. No faltaron los llamamientos al aplazamiento. Al final, Brasil disfrutó en completa paz sanitaria de su magno espectáculo. El zika no le llegaba a la suela de los zapatos al coronavirus, pero aquello fue como una especie de premonición.

La cancelación de Tokio-20 se ha convertido en la mayor crisis olímpica en tiempos de paz. Una decisión inevitable, retrasada hasta lo absurdo, en una fase prolongada de autonegación, como si la crisis fuera cosa de unas semanas. Nunca es fácil de aceptar que aquello por lo que se ha invertido tanto dinero e ilusión no va a salir, pero el mundo entero sabía desde hacía bastantes días que este verano no habría encendido de pebetero, ni desfile de atletas, ni plusmarcas que narrar.

A nadie le ha costado rendirse a la evidencia tanto como al primer ministro japonés Shinzo Abe, que contaba con los Juegos Olímpicos como trofeo para coronar su legado. Explicaba una agencia nipona que en la última reunión de los líderes del G-7, hace unos días, Abe buscó convencer a los demás líderes de que los Juegos debían servir como símbolo del triunfo del mundo sobre el virus. Dice la agencia en cuestión que el británico Boris Johnson le mostró enérgico los dos dedos pulgares y no pocos asintieron ante la épica propuesta del camarada japonés.

Menos estrés para los deportistas

El COI que preside Thomas Bach ha tenido casi que imponerle la decisión una vez las principales federaciones de EEUU, como la natación y el atletismo, empezaron a reclamar el aplazamiento a lo largo de un fin de semana negro para la organización. Solo faltaba que algunos países como Canadá o Australia avisaran de que no participarían bajo ningún concepto en el evento olímpico. Estaba por venir un goteo incesante de anuncios similares, así que no cabía más dilación. El 2021 será el 2020 en Tokio.

Con ello, un sinfín de atletas se sacuden el estrés de sentirse mal preparados en estos días amargos de entrenamiento confinado. Mala noticia, quizá, para algunos deportistas veteranos que confiaban en rematar espléndidas carreras este verano. Un año más no todos la podrán estirar. 

Pocos espectáculos como unos Juegos para distraernos de las desgracias. Esperemos que sean muchas menos en el 2021.