30 mar 2020

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GEOESTRATEGIA GLOBAL

Un soldado estadounidense inspecciona la escena de un atentado suicida en la frontera afgana con Pakistán.

NOORULLAH SHIRZADA (AFP)

Con más pena que gloria

Jorge Dezcallar

Los talibanes dan a Trump lo máximo a lo que aspira: una hoja de parra, una derrota sin humillacióne en Afganistán

La vida sigue a pesar del coronavirus y a lo que aspiran los estadounidenses es a salir cuanto antes de Afganistán. El 29 de febrero firmaron en Doha un acuerdo con los talibaneque prevé un alto el fuego entre ambos, la retirada de las tropas americanas en 14 meses, la liberación de prisioneros, el compromiso de no dar refugio a terroristas, y el inicio de negociaciones entre el Gobierno de Ashraf Ghani y los talibanes del mulá Baradar. Barack Obama ya quiso hacer un acuerdo parecido en el 2013 y no pudo por el temor a que el país cayera en manos del Estado Islámico como antes habían caído Siria e Irak.

Ahora los talibanes le dan a Donald Trump lo máximo que este ha podido obtener: una hoja de parra, una derrota sin humillación que evite un escenario similar al que vivieron en Saigón en 1975. De las mujeres no se habla en el acuerdo pero todo les augura un futuro muy negro de marginación, de oscurantismo y de burka dentro del islam fanático que profesan los talibanes.

Afganistán (¿recuerdan a Sean Connery en 'El hombre que pudo reinar', basada en un relato de Rudyard Kipling?) es un país ingobernable, de instituciones débiles, de corrupción endémica y donde los caciques locales y señores de la guerra campan por sus respetos. Un Estado fallido que en muchos aspectos aún no ha salido de la Edad Media. El propio Gobierno pinta muy poco y la situación es surrealista pues acaban de jurar el cargo dos presidentes: Asraf Ghani y el líder opositor Abdalá Abdalá, y ninguno reconoce al otro.

En consecuencia, Washington no ha contado con ese Gobierno para las conversaciones y eso fragiliza el acuerdo suscrito pues al día de hoy casi nada de lo pactado parece que vaya a cumplirse, sin que se hayan previsto mecanismos de verificación: los muertos continúan aunque en menor número (llaman a eso un "proceso de construcción de confianza"), los talibanes no renuncian a luchar contra el Ejecutivo de Kabul al que consideran una marioneta de EEUU, el presidente Ghani se resiste a liberar a los prisioneros talibán aunque Washington le retorcerá el brazo y no le quedará otro remedio que liberarlos, y parece un sueño el comienzo de negociaciones entre el Gobierno afgano y los talibanes porque no se pueden ver. No hablemos ya de fusionar administraciones y ejércitos.

Intereses

En cambio, no parece probable que Afganistán vuelva a abrir la puerta a grupos terroristas como Al Qaeda porque los talibanes saben que eso les costó la invasión norteamericana y la pérdida del poder, y porque Oriente Próximo ha cambiado mucho desde el 2001: De los otros tres países que tradicionalmente se inmiscuyen en los asuntos afganos, Pakistán es aliado tradicional de los talibanes pero tras la muerte de Bin Laden en Abottabad no puede actuar con la misma ligereza que en el 2004 cuando  los miembros de Al Qaeda en desbandada encontraron refugio en sus áreas tribales; China tiene muchos problemas con los uigures en Xinjiang y no quiere bromas con terroristas islámicos. 

Irán, que al principio respaldaba a los  señores de la guerra opuestos a los talibanes (en el 2001 apoyó el Acuerdo de Bonn que formó el gobierno Karzai con respaldo norteamericano), cambió a partir del 2007 y se acercó a los talibanes hasta el punto de que el general Quasim Soleimani, recientemente asesinado, les ha proporcionado cuatro bases de entrenamiento para que luchen contra Al Qaeda y contra los restos del Estado Islámico que quieren reagruparse en Afganistán. Y para que de paso hagan la vida difícil a los EEUU y a sus aliados.

Estos tres países tienen intereses en Afganistán y Washington tendrá que pagarles un precio para que no entorpezcan sus planes y lo más probable es que ese precio sea abandonar toda idea de disponer de bases militares permanentes en el país. No debería ser un problema mayor para Washington, sobre todo a la vista de lo ambiguo que es al respecto el acuerdo que se acaba de firmar.

Los americanos están hartos de una guerra que es la más larga de su corta historia, una guerra que desde el 2001 les cuesta mucho dinero y muchos muertos: 3.500 propios y de aliados, pues los otros no están contados aunque la ONU avanza la cifra escalofriante de 38.000 civiles que ahora el Tribunal Internacional de Justicia quiere investigar (con gran irritación de Washington, que no reconoce su autoridad), una guerra que no ganan ni pueden ganar y que encima el mundo no les agradece. 

Oportunismo

Trump ha anunciado que la retirada de sus tropas comenzará en mayo (llegaron a tener 100.000 soldados) y que además está dispuesto a encontrarse con el mulá Baradar en lo que tiene todo el aspecto de ser una foto oportunista con la vista en las elecciones del 3 de noviembre más que cualquier otra cosa. Lo que Trump desea, si el Covid-19 no interfiere en sus planes, es que este acuerdo dure lo que haga falta hasta completar la retirada de sus tropas. Si luego se reanuda la lucha entre afganos y las mujeres pasan nuevamente a peor vida... pues pelillos a la mar.

Porque lo más probable es que en cuanto se vayan los soldados estadounidenses y aliados estalle nuevamente la guerra civil en la que las fuerzas gubernamentales llevarán la peor parte. El propio Trump pareció aceptarlo así en una conversación telefónica con el mulá  Baradar. Y es que, al igual que les ocurrió a los kurdos en Siria, es duro ser aliado de Washington en los tiempos que corren.