23 oct 2020

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Sin liderazgo político

Un agente mide la temperatura a una mujer en un control por el coronavirus en la frontera entre Polonia y Alemania.

HANNIBAL HANSCHKE (REUTERS)

La Europa ausente

Ruth Ferrero-Turrión

No ha habido una mínima estrategia común para afrontar el problema desde el punto de vista sanitario, y la respuesta del BCE ha sido tardía. La extrema derecha espera a que pase la epidemia

El covid-19 ha llegado a Europa y lo ha hecho en forma de crisis sistémica. Ninguna frontera es capaz de frenarlo, a pesar de que algunos pensaran en esa posibilidad. Las respuestas han sido diversas y en todos los casos inexactas, equivocadas o tardías. El desconcierto que ya vimos en China, Corea del Sur o Japón también aquí ha hecho su aparición. Los impactos sanitarios, económicos y sociales no tienen precedentes en el mundo contemporáneo. Ni siquiera la crisis de la gripe española; entonces, claro, la globalización capitalista no estaba operativa.

La integración europea comenzó con el fin de mantener la paz, superar la postguerra y establecer sinergias entre estados para superar los momentos de crisis de manera conjunta. Estado de derecho, democracia y derechos humanos se unieron a ese objetivo como principios rectores. La caída del muro y Maastricht situaron al capitalismo y la globalización en el centro de la sala de baile. Al principio, aunque fugazmente, los planes se cumplieron. Los discursos de las élites sobre lo beneficioso que el proceso así planteado traería a nuestras sociedades calaron en la ciudadanía. Muchos fueron los sacrificios realizados por las sociedades europeas que confiaron en aquello de la solidaridad y la confianza entre los socios. Creyeron en Europa y en lo que prometía.

Después llegaron la crisis del euro en 2008 y la crisis humanitaria de 2015, las débiles costuras sobre las que se sostenía el sistema comenzaron a descoserse. La ausencia de control de los capitales financieros y el desmantelamiento del estado social provocaron que en situación de crisis económica aquellos más desprotegidos por un sistema cada vez más desigual fueran los que mas sufrieron el impacto. La fijación del techo de gasto que se pergeñó posteriormente terminó dando la puntilla a las clases sociales más desfavorecidas. Más adelante, la guerra de Siria y el cambio climático, entre otros factores, provocaron la llegada de un importante, aunque no inasumible, flujo de personas que buscaban la protección de Europa.

El cóctel no pudo ser más explosivo y propiciatorio para la reaparición de fuerzas con reminiscencias de un pasado europeo al que (casi) nadie quería regresar. Y, sin embargo, Europa todavía estaba allí. Procesos de institucionalización parecieron aplacar las ansias de implosión, especialmente tras el desastre del 'brexit'. Todo un espejismo.

La llegada de la nueva Comisión quiso insuflar nuevos ánimos y esperanzas a los ciudadanos, incluso se atrevió a predecir una visión de Europa como potencia geopolítica. El fin de la fórmula del 'spitzenkandidat' no auguraba nada bueno. Y las peores predicciones se cumplieron. Los primeros 100 días del nuevo gobierno europeo han sido probablemente, los menos operativos, resolutivos y, desde luego, geopolíticos de toda la historia de la UE. Lo que se vendió como una estrategia para el futuro de Europa no ha sido más que una buena campaña de comunicación. Parches frente a cuestiones latentes, cambio climático, nuevas tecnologías, gestión migratoria, y alguna otra. Ni una palabra sobre gestión de crisis, sobre la necesidad de la coordinación y la sincronización entre estados. Nada sobre la solidaridad y la confianza entre estados.

La sanidad es competencia exclusiva de los estados miembros, pero quizás una mínima estrategia común para abordar el problema no hubiera estado de más. Italianos abandonados a su suerte, Francia y Alemania como dos zombies sin creer lo que sucedía, Suecia a lo suyo sin tomar medidas ni de mitigación, ni de contención. El virus campando a sus anchas y la ciudadanía no dando crédito a lo que estaba sucediendo y preguntándose dónde estaba su paraguas protector, Europa.

Algunos pensarán ¡qué mala suerte! justo cuando se abría el debate sobre el futuro de Europa. Cada uno ha tirado por su lado. El Eurogrupo ha dicho ¡sálvese el que pueda! y no ha puesto en marcha las medidas de armonización fiscal necesarias. El BCE ha reaccionado tarde y después de una errática primera respuesta que nos hizo querer a todas el regreso de Draghi. Los pilares de la UE se derrumban como un castillo de naipes: libertad de circulación, solidaridad, confianza caen bajo el pánico provocado por el covid-19. No aparece un liderazgo político europeo que sea capaz de tomar las riendas. La ausencia de credibilidad en la UE se incrementa con cada contagio, la gente ya no mira a Bruselas, mira a sus capitales. Mientras, la extrema derecha espera su turno tras la pandemia.