07 abr 2020

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Ante el covid-19

Una mujer protegida con máscara pasa junto a un kiosco que exhibe portadas sobre el impacto del coronavirus, en Londres. 

TOLGA AKMEN (AFP)

Epidemia, ciencia, sanidad y empatía

Adela Muñoz Páez

Lo que hace que nuestra situación sea infinitamente mejor que la de nuestros antepasados ante pestes pretéritas es consecuencia directa de la ciencia y la tecnología

Cuando se declaró en nuestro país del estado de alarma a raíz de la pandemia del coronavirus, yo acababa de comenzar una estancia de investigación en la universidad de un país extranjero que en el pasado tuvo el mejor sistema público de sanidad del  mundo. Pero ese sistema fue desmontado por las políticas neoliberales de la década de los ochenta y su actual primer ministro se enfrentó a la epidemia más preocupado por la economía del país que por la salud de sus ciudadanos. Por ello, inicialmente propugnó no intervenir para dejar que la población se inmunizara lo antes posible, decisión que, entre otras cosas, significaba sacrificar las vidas de unas 500.000 personas según las estimaciones de sus expertos, que fallecerían como consecuencia de la expansión libre del virus. 

Como yo no estaba excluida de ser una de las agraciadas en la macabra lotería, ese país no era el mejor sitio para pasar la epidemia. A pesar de esa evidencia, mi hijo, médico de la sanidad pública española y por ello consciente de la magnitud de la enfermedad, tuvo que emplearse a fondo para terminar de convencerme de que emprendiera la vuelta a España lo antes posible.

Ahora afronto la cuarentena en solitario durante dos semanas por prescripción de mi hijo -transcurridas las cuales podré compartir casa con otros miembros de mi familia- mientras la situación se hace cada vez más complicada, a pesar de la entrega de los profesionales sanitarios y la sensatez y responsabilidad de la inmensa mayoría de la población que acata y obedece las órdenes dadas por las autoridades. 

En las actuales circunstancias es inevitable establecer paralelismos con las pestes de épocas pasadas, pero yo encuentro diferencias esenciales con lo que vivieron nuestros antepasados en situaciones similares. Antaño se recurría a rogativas y procesiones para solicitar la curación, mientras que hoy recurrimos a los servicios sanitarios y en la inmensa mayoría de los casos obtenemos una respuesta mucho más tangible y eficaz que la proporcionada por vírgenes y santos. Otra gran diferencia es la tecnología que hoy nos facilita la comunicación, haciendo que el aislamiento sea solo físico y que aunque vivamos separados de nuestras familias y amigos, podamos estar conectados con ellos a través de ordenadores y teléfonos. Este contacto es tan importante para preservar nuestra salud mental durante la cuarentena como lo son las medicinas para paliar los efectos de la enfermedad en nuestro cuerpo.

Además, en nuestra época nos enfrentamos a la epidemia con esperanza porque sabemos que en los laboratorios de todo el mundo hay científicos y científicas trabajando contrarreloj para poner a punto tratamientos que palíen los efectos de la enfermedad y vacunas que la prevengan. También hay empresas desarrollando líneas de producción que nos abastecen de los productos necesarios para vencer la pandemia, por ejemplo materiales de protección que interponen barreras aparentemente livianas, como las mascarillas, pero que pueden separar la vida de la muerte.

Lo que hace que nuestra situación sea infinitamente mejor que la de nuestros antepasados es consecuencia directa de la ciencia y la tecnología. Espero y deseo que la epidemia que estamos sufriendo nos haga reflexionar sobre la importancia del conocimiento científico y tecnológico y nos lleve a concluir que la sociedad tiene que seguir siendo su dueña, porque es demasiado valioso para dejarlo en manos de unos pocos. Lo mismo podemos decir de la sanidad, ahora estamos comprobando que para que la sociedad en su conjunto goce de buena salud, es imprescindible contar con una red sanitaria pública eficiente y bien dotada. Un mensaje en Twiter que he leído en estos días decía que estamos comprobando que la sociedad puede sobrevivir sin fútbol, pero no sin buenos hospitales. Espero que seamos capaces de aprovechar esta traumática experiencia para dar a cada cosa la atención y financiación que de verdad merecen.

Pero no es eso todo lo que podemos hacer para contribuir a mejorar la situación. En las actuales circunstancias de reclusión hay que mantenerse activos luchando contra la desinformación y la crítica destructiva. Hasta hace poco los medios de comunicación eran los encargados de realizar estas tareas, pero hoy todos los ciudadanos, como autores y destinatarios en las redes sociales, somos corresponsables de mantener a raya el pánico, el odio y los bulos, en definitiva, de transmitir el mensaje de que estamos todos en el mismo barco y para que llegue a buen puerto, tenemos que remar todos en la misma dirección.

*Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y miembro de la Red de Científicas Comunicadoras