07 abr 2020

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IDEAS

Algunos famosos, Rosalía, Malú y Blas Cantó, estos días desde sus respectivas casas. 

Las casas de los famosos

Jordi Puntí

Estos días me he acordado de un programa que hace años daban en TV-3: 'La casa dels famosos', del malogrado Julià Peiró. Las medidas de aislamiento por el coronavirus, más la necesidad de informar por parte de las cadenas de tele, han popularizado un formato que hasta ahora era 'amateur': la conversación por Skype. Así, vemos a menudo entrevistas con políticos, médicos, analistas o especialistas en pandemias, y nos los muestran en su casa, o en el lugar que hayan elegido para la videoconferencia. El recurso de la grabación casera se ha trasladado rápidamente a las redes sociales, y de repente han salido deportistas, tertulianos y otras 'celebrities' que, quizá con mono de notoriedad pública, envían mensajes de ánimo a la población.

Las intervenciones para Skype desde casa por el coronavirus suelen hacerse en despachos que pueden ser tristes y desalmados

Como soy capaz de hacer dos cosas a la vez, cuando los veo y escucho, siempre me fijo en el decorado que hay detrás. Quizás es una manía de otra época: cuando las revistas del corazón y los suplementos dominicales publicaban reportajes de las casas de famosos, me gustaba coger una lupa y espiar los fondos de las fotos, sobre todo las bibliotecas de gente como Luis del Olmo, Mari Cruz Soriano, Camilo Sesto. ¡Cuántas enciclopedias Espasa para aparentar, cuántas ediciones del 'Quijote' con encuadernación de polipiel!

Hoy en día, como mínimo, parece que el gusto se ha estabilizado, para bien o para mal. En los vídeos grabados en casa para Twitter, a veces sobresale la opulencia del lugar, mostrada sin darse cuenta, con jardines y piscinas, cocinas de chef o salas de estar con sofás increíblemente mullidos. Por suerte también hay quien sabe encontrar un rincón neutro de la casa, o situarse frente a una biblioteca espléndida. Otra cosa son las intervenciones para Skype, que suelen hacerse en despachos que pueden ser muy tristes y desalmados, sobre todo si el protagonista no es autónomo y trabaja habitualmente en otra oficina. Hemos visto -y más que vamos a ver- oficinas que en realidad son habitaciones de los trastos, con estantes de Ikea, pósteres viejos, carpetas con los apuntes de la universidad, y esa figurita rota que era un recuerdo del viaje de bodas. Una metáfora perfecta de este tiempo que parece detenido.